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domingo, 2 de septiembre de 2012

CARTA ABIERTA A UN JODIDO CASCARRABIAS por Adrián Massanet







ME ENCANTA COMO MI COLEGA/AMIGO ADRIÁN MASSANET PONE A LA GENTE EN SU SITIO, ESTA VEZ CON THE WIRE. SU BLOG AQUÍ


A veces creo, sinceramente, que debería dejar de pensar, porque basta que piense en una dirección, para que de pronto, plaf, ocurra justamente lo contrario. Andaba yo ayer pensando que disfruto de una inmensa suerte al tener amigos que me aguanten y se preocupen por mí. Que a pesar de malos encuentros y haberme topado con algunos cerebros de mosquito con grandes carencias de personalidad, luego soy capaz de hacerme querer y que puedo encontrar gente con la que hablar y con la que sentirme a gusto, aunque sea por internet. Gente inteligente, honesta, valiente y que escribe bien. Y lo más importante, que me soporta a mí. Y, de repente, me encuentro, en el gran blog de Palazón, Arcángeles, con una Carta abierta a dos jodidos jenízaros, en la que el cascarrabias del autor nos pone a caldo al bueno de Futbolín (del que no tengo el gusto de conocer su nombre real) y a mí, por la simple razón de que el primero se ha pasado varios días sin poder hacer otra que ver The Wire.

Querido Jodido Cascarrabias:
Me va a permitir que a partir de ahora me dirija a usted como QJC, para abreviar. Se ha cogido usted un cabreo monumental, a juzgar por su penúltimo post, porque su amigo Futbolín ha caído en las garras, según sus propias palabras, del más canallesco de todos los sueños, el de Hollywood, por haber estado varios días enganchado a una obra de arte que, en realidad, yo le aconsejaba a usted que la viera, no a él, aunque me alegro mucho de que la esté viendo. Y, como fui yo el que dejó un comentario con ese consejo audiovisual, y a raíz de tal comentario y de algunas entradas de mi blog, su amigo se lanzó a verla, parece que yo soy el culpable de semejante pecado capital. La verdad, no pienso lamentarlo.

Dice, QJC, que no somos de izquierdas, como tanto supuestamente nos pavoneamos, sino de la más asquerosa de las derechas. Dice también que abomina de nosotros. Y dice que nos follen. A mí todo eso me parece bien. No creo en la derecha ni en la izquierda, creo que son conceptos obsoletos, aunque mucha otra gente tan culta como usted, el mismo Julio Anguita, sigue emperrada con ellos. Personalmente, yo sí que abomino tanto de la izquierda como de la derecha, podrían irse al cuerno. Son las dos caras de una misma moneda. Y es una moneda decadente. Como soy anarquista hasta grados inimaginables, cualquier mequetrefe que quiera decirles a los demás cómo deben vivir no me merece sino el más profundo de los desprecios. En cuanto a que nos follen…joder, estaría bien que me follaran más, siempre soy yo el que follo a la otra parte. Así que se lo agradezco. En cuanto a que abomina de mí…hostias, me parece correcto y hasta saludable, pero sería bueno tener verdaderas razones, y, joder, la razón no puede ser que yo aconseje a la gente ver The Wire.

En realidad, creo que todo esto surge principalmente por dos razones: primero, porque usted no conoce The Wire, y segundo, porque usted está celoso de que durante unos días, según parece, aunque no lo puedo asegurar, Futbolín estuvo ausente de su escritura. Me parece que dijo usted, QJC, que no tenía tiempo para ver series. Pues este hijoputa Flautista de Hamelin va a seguir dándole el coñazo para que lo haga, y le alegraría mucho, a este Jenízaro, que dejara de ser usted tan testarudo y tan cerrado. Que yo entiendo que tiene una edad provecta, que no está para zarandajas, que asuntos personales y el puñetero Ayuntamiento de Cartagena le tienen hasta arriba de responsabilidades. Pero le diré algo, coño: no todo en la vida es luchar, hace falta gasolina emocional, hace falta no hacer nada, simplemente contemplar. Y aunque usted no se fía de mí, o no se fía del audiovisual americano, que el bueno de Futbolín contemple The Wire le va a aportar muchas más armas que ir un jodido encuentro de las jodidas juventudes comunistas.

El gran arte, la gran literatura, el gran cine, es mucho más que mero entretenimiento, que mera evasión. Es un alimento espiritual e intelectual. No es perder el tiempo, QJC. No es venderse al enemigo. Si precisamente yo le aconsejé a usted The Wire es porque no tiene absolutamente nada que ver con Hollywood. A su lado, la magistral ‘Sin perdón’ es absolutamente hollywoodiense. The Wire es un documento, un análisis, una ficción y un testamento sobre una ciudad occidental corrompida hasta la médula, en la que varios millones de desgraciados se arraciman para matarse unos a otros, robarse, engañarse, estafarse, sufrir, perderse, alcoholizarse. Es un poema sobre la gente, un poema sin música extradiegética, sin épica, sin apenas tiros, sin melodramas. La asquerosa, oscurísima verdad. Las obras de arte tienen una misión, y es ser testigo y verdugo de su tiempo. Por eso quería que la viera, porque creo que le emocionaría profundamente, y se sentiría refrendado en muchas de sus ideas.

La primera parte versa sobre las barriadas y el tráfico de drogas, y la pobre gente que no tiene nada. La segunda va sobre todo eso y además sobre el funcionamiento de los puertos de Baltimore. La tercera va sobre el sistema legal, la jerarquía policial y, sobre todo, del sistema político de Baltimore, con sus concejalías y sus podridas elecciones, además de todo lo anterior. La cuarta va sobre el sistema educativo, y cómo los chavales de familias pobres acaban sucumbiendo a un entorno dantesco, además de todo lo anterior. Y la quinta va sobre todo eso que ya he dicho, además de sobre el funcionamiento interno de un importante diario de Baltimore. Perderse esto es perderse a Charles Dickens, a William Faulkner… Es mucho más válido y más importante ver esto que ver el telediario. Si toda la ficción fuera como esta, viviríamos en un mundo más lúcido y la gente tendría verdaderas armas para luchar contra la injusticia.
Así que no me fastidie, Querido Jodido Cascarrabias (y ahora lo pongo entero porque suena bien decirlo en voz alta), si no la ve usted se la pierde. Pero esto no es opio para el pueblo. Esto es el pueblo.

miércoles, 1 de agosto de 2012

LA NOSTALGIA: UNA TERRIBLE ENFERMEDAD by Adrián Massanet







No voy a ocultarlo. Llegar a la conclusión de que la Nostalgia es una enfermedad incurable, paralizadora, destructiva y arrasadora, ha sido gracias a las magníficas reflexiones de Andrei Tarkovski en su obligado ‘Esculpir en el tiempo’, así como resultado directo de las imágenes de su ‘Nostalghia’ (1983), la primera película que hizo fuera de su país natal, aunque con dinero ruso y con el beneplácito de las “autoridades” culturales rusas. A la sazón, era la historia de un poeta ruso que viaja a Italia para documentarse sobre un músico ruso exiliado y que, en ese viaje si retorno, tendrá que llevar a cabo un gran sacrificio espiritual para poder seguir mirándose al espejo. El mil veces maldito y torturado Tarkovski, artista eminente, sin poder continuar ejerciendo su misión de escultor de imágenes y de sonidos en su tierra, decidió largarse y dejar a su familia atrás, sin permiso para acompañarle en su exilio creativo. Y empezó haciéndolo hablando de sí mismo, de su desamparo emocional, de su aislamiento espiritual. De su cancerígena nostalgia.


La RAE define a la nostalgia como una pena, una melancolía. Es mucho más que eso. La melancolía, bien lo sabe Lars Von Trier, es una fuerza destructora que amenaza convertir en cenizas todo lo que rodea al afectado. La nostalgia, por su parte, reclama en su víctima la energía para mantener vivas las imágenes del pasado, aunque hace mucho que se fueron y aunque el tiempo las fagocitó y las tiñó con el carácter de lo irrecuperable. La energía del nostálgico se ve exprimida por la necesidad de negar el presente, de anhelar que ese pasado (que seguramente no era maravilloso, pero que conforma un mosaico en el que solamente lo bueno se clava en la carne) vuelva a ser presente. Así, la vida se convierte en un sufrimiento indescriptible, falso okupa de una realidad que nos preguntamos si es la verdadera, cuando en nuestro ánimo estamos convencidos de que no. De que había otra realidad que merecía estar con nosotros mucho más tiempo.


El nostálgico es un lobo estepario. Una bestia herida por el aguijón del tiempo. Un espectro que se mueve por las lindes de lo real, cuando para él lo real es otro mundo, otro tiempo. Incapaz de moverse, vive en un perpetuo estado de estremicimiento por la lucidez de que todo pasa, de que nada vuelve. Infradotado para comprender que lo único que importa es el futuro, y que el pasado es literatura. Y muchas veces barata.
La nostalgia viene de golpe, como una ola gigante entre un oleaje manso, que te sorprende cuando aún disfrutas de la placidez del mar. Su espuma y sus desperdicios te inundan la mente y te vuelven un inválido, un títere de sus designios. El perfecto fantasma de momentos pasados, a los que regresas mirando desde fuera, sin poder jamás volver a tocar la nieve que la cubría, o el sol de verano de la playa que lo teñía. La nostalgia es como una colonia de termitas, que te roe por dentro y que explota cuando te acercas, estallando en un millón de imágenes que te golpean con guantes de hierro. Y tú, permisivo, pones tu mejor cara, sueltas tus más brillantes lágrimas, para que te impacte con la mayor fuerza posible.


La nostalgia es el egoísmo supremo. El egocentrismo definitivo. La certeza de que tus recuerdos, tus vivencias más preciadas, aún en compañía de gente que no sabes del todo si merecía la pena, son lo más importante del universo. Es cortar tu cuerpo en pedazos, y ofrecerlo en el altar del sacrificio del tiempo. No permitir que la vida cale por entre tus poros, y expulsar por ellos únicamente desamparo. Es negar las propias fuerzas, quizá inmensas, para conquistar otros momentos que están por venir, y abrir la puerta siempre a lo que se fue, que a lo mejor te hizo daño o te humilló, pero que posee el inextinguible aura de lo sublime.


Es simple, y llanamente, estar muerto en vida.



extraído de su blog que podeis seguir aquí

martes, 10 de julio de 2012

EL RÍO, EL ÁRBOL Y LA MUCHACHA por Adrián Massanet



Una vez soñé algo que luego he recordado durante muchos años. No estoy seguro de en qué momento exacto tuvo lugar ese sueño, pero lo más probable es que yo fuera muy pequeño. No tendría mucho más de cinco o seis primaveras. De lo que estoy seguro es que solamente lo he tenido una vez, este sueño que voy a contar, mientras otros han sido mucho más recurrentes. Y sin embargo sus imágenes se me han quedado marcadas por algún extraño hechizo de la mente…
Caminaba yo por un parque, un parque urbano, que luego se transformaba en un bosque. Es decir, que desaparecía cualquiera rasgo de la ciudad. A través de ese bosque llegaba a un río. Era un río muy agitado, muy bullicioso. Y, detrás de él, en la otra orilla del río, había una figura femenina. Se encontraba apoyada contra un enorme tronco derribado y cuyas raíces se levantaban muy cerca de la orilla del río. Ella estaba apoyada contra ese enorme tronco, mucho más alto que ella, y que poseía ramas también enormes, sinuosas. Esa figura femenina me saludaba. Yo, sin embargo, no conseguía ver su rostro. ya fuera por la luz del sol, que a su altura ofrecía algunas sombras mientras a mí me cegaban sus reflejos contra el agua, o bien por la distancia, que era la justa para no distinguir sus rasgos faciales. Creo que era una mujer, o una chica, de pelo castaño.
Me saludaba y me decía que fuera hasta allí. Y yo, hechizado por su presencia, estaba seguro de que debía ir hasta allí, pero no podía cruzar el río a nado. Así que me proponía encontrar un puente para llegar hasta ella. Subí por la orilla del río, en sentido opuesto a donde se encontraba ella. Y no encontraba ningún puente. Así que seguía subiendo. Caminaba tanto que el sol bajaba y llegaba el atardecer. Al fin, encontraba un puente, una pasarela sin barandilla ni apoyo de ninguna clase, que se balanceaba peligrosamente. Pero conseguía pasar, bastante atemorizado. Y a continuación bajé en sentido opuesto deseando ver la cara de aquella muchacha o mujer que me saludaba y que me resultaba tan intrigante.
Pero me perdía. Ni siquiera encontraba el árbol derribado. Caminaba hasta más allá del bosque y llegaba a una zona de colinas totalmente solitaria. Dejaba muy atrás el río. Se hacía de noche. Cuando estaba a punto de desfallecer de sueño, encontraba una valla, cerrada por un portón enorme de hierro negro. Y, detrás de esa puerta, una enorme mansión, también negra. Y en ese momento me quedaba dormido dentro de mi sueño.
A veces pienso en esa chica con el rostro borroso que no soy capaz de ver con claridad. También pienso en el tronco derribado. A menudo me he encontrado troncos caídos en bosques o en campo abierto, y el sueño vuelve otra vez a mí, como si ahora pudiera tocarlo. De modo que toco el maldito tronco caído que me encuentro en alguna parte y me vuelvo a sentir un poco más adentro de mi sueño, de aquel sueño.
Cuento este sueño porque estoy convencido de que no se sueña esto o aquello por el mero azar. Dicen algunos que los sueños son nada más que imágenes que el cerebro guarda y luego ordena a su antojo hasta formar muchas veces narraciones que nos hipnotizan y a las que es fácil encontrar símbolos o metáforas de la propia vida. No ha faltado gente que me ha comentado que esa mujer es mi madre, o que explica algunos sentimientos míos acerca de las mujeres, o cosas por el estilo. También que esa mujer es la muerte (acentuado, claro, por la presencia del río…), y que algún día la encontraré, etc… Pero más que explicaciones o enigmas, más allá de que pueden ser imágenes que el cerebro recolecta para mantenerse activo en las horas nocturnas, lo que me interesa es lo que hacen sentir a cada uno los sueños.
A mí, particularmente, pensar en ese sueño me ayuda a regresar, por razones que se me escapan, a las zonas más recónditas y misteriosas  y tenebrosas de mi infancia. A sentirme de nuevo en esos territorios, en los que casi cualquier cosa podía pasar. Ahora solamente sueño con mi trabajo, con mis padres, con personas a las que echo de menos y que nunca más volveré a ver, con situaciones terribles, humillantes, violentísimas, que me ha tocado vivir, con miedos, con frustraciones, o con anhelos que no sé si algún podrán cumplirse.
Es decir, ya no sueño. Ya no soy libre. Y cuando era un enano cabezón y feliz (porque era muy cabezón) tenía unos sueños acojonantes.


OTRO FORMIDABLE ARTÍCULO DE MI AMIGO ADRIÁN MASSANET. AMÉN DE SU SUEÑO QUE NOS NARRA Y SOBRE EL QUE REFLEXIONA, ME PARECE UN RELATO CORTO DE UNA MAESTRÍA TREMENDA.

miércoles, 30 de mayo de 2012

ADRIÁN MASSANET y sus verdades como templos



Desde que empecé a escribir casi diariamente sobre diversos temas en este basurero que es internet, allá por 2005, hasta la actualidad, siete años más tarde, principalmente creo que me he ganado un nombre en la pésima esfera cultural española, sobre todo cinematográfica, por decir siempre lo que pienso. También me he ganado, para qué negarlo, una aureola de malditismo y una imagen de ermitaño gordo, calvo y con granos, que mientras escribe dispara a las palomas por la ventana, se hace pajas con un póster de ‘Avatar’ y llama a embajadas aleatorias para efectuar amenazas de bomba. Es lo que tiene trabajar en un basurero, ya digo, en el que te puede llegar a leer bastante gente, pero que precisamente por ello acaba distorsionando tu personalidad real y convirtiéndote en otra cosa.
También es verdad que a pesar de que se me va la olla, de que no escribo precisamente para hacer amigos, y de que he conocido para mi desgracia a toda clase de palurdos sin seso, también he trabado conocimiento, siempre a través del anonimato internetero, con lectores (muchos, a su vez, también escritores o blogueros), que no se han dejado engañar por mi mala hostia y que han sabido apreciar mis trabajos (y ya son unos cuantos), leyéndolos quizá sin esa carencia de personalidad terrible que afecta a muchos otros, no prejuzgando mi punto de vista, y sintiendo respeto por lo que intento transmitir, comentar o analizar. Así, creo, me he ganado el aprecio intelectual de varias docenas de personas de cuya inteligencia, buen gusto y curiosidad cultural no puedo dudar jamás, y que me hacen el honor de leerme, criticarme con sentido común, animarme, apoyarme, darme una buena colleja cariñosa cuando hace falta, y también subirme la moral cuando creo que debería dejar de escribir para siempre. Dentro de este grupo quizá no demasiado numeroso, pero tampoco pequeño, de personas, se encuentra un grupo aún más reducido de gente que me conoce bastante bien, y que saben que esa imagen que se tiene a menudo de mí cuando escribo tiene poco que ver con el Adrián Massanet verdadero. Este grupito de personas no tiene por qué leer lo que sigue, porque lo sabe de sobra:
Es mentira que a Adrián Massanet le “guste” el cine. A Adrián Massanet no le gusta el cine, como no le gusta la literatura, ni la música. A mí me gustan algunas películas, algunos libros, alguna música. Probablemente representen el 0,001 % de la producción mundial anual, o quizá incluso menos. Me interesan algunos artistas, algunas cosas aisladas. Es completamente absurdo, una idea muy de este tiempo demente, pretender que te interese todo el cine, y ver todas las películas del mundo mundial. No solamente te destroza el gusto, es que los árboles te impiden ver el bosque.
Es mentira que Adrián Massanet sea un creído, un prepotente o un pedante. Sí que es verdad que adolezco de una cierta vanidad intelectual, y que creo que escribo bastante mejor que muchos que se ponen negro sobre blanco (en algunos casos extremos, para su desgracia, escribo cien mil veces mejor que ellos). Pero no me creo poseedor de la verdad absoluta, ni creo que mis ideas valgan más que las de otros. Sí creo en mi verdad, y trato de mostrarla (porque mis quebraderos de cabeza me lleva construirla y luego defenderla). Otros quisieran formar parte, me da la impresión, de una verdad universal, y eso no existe. Cada uno debería mostrar su propia verdad, su propia moral, en lugar de pedir permiso para integrarse en la Verdad y en la Moral preestablecidas, ocultando así las suyas propias, y eso no es fácil.
Es completamente cierto que mi actor favorito de todos los tiempos es Jim Carrey. Es mentira que mi habitual repertorio de gestos grotescos los haya copiado de él. La mayoría los llevo practicando desde niño. Especialmente mi mezcla de jorobado, orangután subnormaloide y extraterrestre glotón. En cuanto a transfigurar mi rostro haciendo desaparecer mi mandíbula, se parece a cierto personaje mítico de Carrey, pero son cosas que solamente compartimos los superdotados a la hora de hacer el idiota.
Es verdad que tengo muy buen oído (a veces, me gustaría tener menos sensibilidad auditiva…) y que soy sinestésico. Todo esto lleva cualquier experiencia musical a otros niveles. También las experiencias olfativas me abstraen de una forma increíble. Se agradece, porque con mi cabeza siempre pensando en cien cosas diferentes a la vez, viene muy bien dejar la mente en blanco de vez en cuando…y descansar.
Completamente cierto que soy un genio del billar. Tanto, que varios años después de no coger un taco ni de casualidad, ejecuto dos golpes maestros que me dejan atónito. Esto desmiente, por cierto, mi inutilidad para todo lo matemático o científico: geometría y física para mí es como si me llegan un marciano hablándome en su idioma. Pero no tengo talento para el billar. Tengo genio, pero no eso que se llama talento y que te ayuda a mantenerte. Al rato, dejo de creer en mis jugadas y no meto ni una. Yo soy así de inseguro y mentecato…
Absolutamente falso que crea que la serie más genial de todos los tiempos es ‘A dos metros bajo tierra’. La serie más genial de todos los tiempos es ‘House M.D.’, y lo digo sinceramente. La serie de Alan Ball sí es una búsqueda de emoción extraordinaria. Genial es Gregory House y montar una obra de arte haciendo 150 episodios sobre misterios médicos, para derivar en una reflexión sobre la miserable condición humana.
Bestialmente falso que yo haya escrito un larguísimo ensayo sobre toda la carrera de Coppola, analizando algunas de sus películas casi secuencia a secuencia. También que haya hecho más o menos lo mismo sobre Andrei Tarkovski, Martin Scorsese, John Carpenter (¡el más grande!), David Lynch, Steven Spielberg… Todo eso lo hicieron mis becarias (principalmente la rubia de tetas enormes), y solamente les pagué en especies. En cuanto a mi trabajo sobre ‘A dos metros bajo tierra’ no recuerdo haber escrito muchas de sus partes, ni reconozco algunas de las expresiones. Quizá me acerco a la senilidad. Pero creo que es un texto que está bastante bien, sea quien sea el/la que lo haya escrito…
Con todo eso ya escrito, y entre todo eso algunas cosas bastante interesantes, y sin recibir demasiado reconocimiento (por no decir ninguno, y esto es una gran verdad) más allá de mis amistades, anuncio un parón en este Cuaderno Audiovisual durante varios meses, para dedicarme a un proyecto muy querido y aparcado quizá durante demasiado tiempo. Quizá vuelva esporádicamente a este blog, pero exclusivamente para hablar de mis ideas y sentimientos sobre mi nuevo trabajo, que no va a ser de no-ficción. Quizá no vuelva jamás. No tengo ni puta idea. Ahí radica también gran parte de interés, y del morbo que puedo inocular a mis lectores.
 
 
extraído del blog de mi amigo ADRIÁN MASSANET

miércoles, 16 de mayo de 2012

La expresión "buena persona": falacia universal by Adrián Massanet



En una de las primeras entradas que escribí en este magnífico e inimitable blog, hablaba yo de falacias universales. Falacias tales como que “el que calla otorga” (enorme estupidez que inventaron, precisamente, esos que no hacen más que propagar falacias, y que a su vez hace muy creíble una de las pocas frases hechas que son una jodida verdad como un templo de grande: que una mentira mil veces repetida adquiere la apariencia de verdad incontrovertible). Pero mi falacia preferida está compuesta únicamente de dos palabras, de doce letras, que en mi opinión, la opinión de un loco como yo, quizá el mayor chiflado del país (hablo en serio), son las más dañinas de cualquier lengua y en cualquier lengua: Buena Persona. Good Person. Bonne Persone. Boa Persoa. Bona Persona. Berson Da. καλός άνθρωπος. Duine Maith. Người Tốt. Orang Baik. хороший человек. Tajba Persuna. جيد شخص.
Si es que da igual cómo lo escribas.
Putas ganas de vomitar.
Esto de Buena Persona, que no sé quién diablos se lo inventó, me provoca una urticaria semejante a tanto pavo y tanto plumilla y tanto paleto descerebrado hablando y escribiendo sobre lo que es una Obra Maestra del arte cuando los pobres mequetrefes poseen una cultura semejante a la de un adolescente semi-analfabeto. También hay no pocos analfabetos con grandes carencias de personalidad hablando a todas horas sobre el Amor, con esfuerzo encomiable pero estéril para describir o comentar un sentimiento tan complejo y, en cierto modo, trágico. Curiosamente, no son los más preparados, sino los menos, los que también hablan de lo que es o no es una buena persona y una mala persona, con lo que el pifostio intelectual está servido. Yo, que además de tener una deuda con los pocos lectores (pocos, pero asiduos, y algunos de gran categoría intelectual, algunos…) de Cuaderno Audiovisual, porque ya he anunciado varias veces que iba a hablar sobre las jodidas Buenas Personas, también escribo esto para saldar una deuda conmigo mismo. Porque las pocas personas que realmente me conocen bastante (nunca se llega a conocer a fondo a nadie, y solamente cuando eres capaz de quererles tanto que debes soportar sus miserias más íntimas a lo mejor, sólo a lo mejor, llegar a conocerles bastante, y a odiarles mucho) saben mi problema emocional con eso de que me consideren mala persona…y también con eso de que me consideren buena persona. Porque no sé qué demonios soy. Y detesto que los que no me conocen ofrezcan juicios de valor sobre mí, cuando muchos no pueden ni poner las comas en una frase. Y porque aunque no me quiero nada, me admiro bastante, me parece que merezco algo mejor que una simple sentencia: “buena persona”/”mala persona”.
Pero me voy por las ramas: creo sinceramente que quienes hablan en términos de buena o mala persona, o de amor puro o verdadero, no saben nada de la naturaleza humana. Son dueños de una mente inmadura. Esto es, infantil. Analicemos las cosas con detenimiento:
¿Qué es lo que mueve al hombre? No es ni el amor ni la belleza. Algunos dirían que es el dinero, pero en realidad tampoco. Lo que mueve al hombre es la necesidad, desde su nivel más primario. Necesidad de tres cosas, esencialmente: comida, agua, cobijo. Una vez que esas tres cosas básicas están garantizadas, el hombre evoluciona en sus necesidades hasta que estas se convierten en anhelos, que para algunos se traducen en codicia. Codicia de ser, codicia de tener. Pero, aunque la comida, el agua y el cobijo estén garantizados, nunca estarán completamente garantizados. Es decir, siempre persistirá en nuestro interior el miedo a carecer de alguno de ellos (perpetuado en nuestra memoria genética desde nuestros tiempos en la jungla), o de todos, con lo que vivir se vuelve mucho más duro que morir. Ese miedo, esa angustia, es la que impide que hagamos nada de una manera altruista, y si fuéramos un poco sensatos y un poco sinceros, seríamos capaces de admitirlo. Absolutamente todo lo que hacemos a lo largo de un día completo (dormir, comer, trabajar, mear, cagar, distraernos, socializarnos, instruirnos, darnos placer), de un año completo, de una vida completa, tiene un objetivo específico destinado a que vivamos un poco mejor, un poco más cómodamente, a que el miedo se distraiga un rato. Es realmente muy raro llegar a hacer un acto altruista. Rarísimo cometer una acción que te perjudique seriamente la vida para que otro mejore la suya.
Según lo que la mayoría de la gente piensa, me consta, ser buena persona es hacer precisamente eso: cometer buenas acciones en beneficio del prójimo. Sales de un establecimiento y te quedas un segundo sosteniendo la puerta porque viene alguien detrás de tí. Acompañas el gesto con una sonrisa, y te ves a ti mismo sonriendo. Cedes tu asiento en el autobús a la viejecita o a la embarazada o al tipo con muletas, y acompañas el gesto con una sonrisa también. Subes las bolsas de la compra a la vecina con reúma a la que oyes gemir cada fin de semana por no disponer de ascensor, y no solamente acompañas el gesto con una sonrisa sino que permites que te cuente su vida como si fuera lo más interesante del mundo. Lloras de rabia, pena y/o indignación cuando ves en un documental cómo apalean a animales, y te ves a ti mismo llorando. Te conmueves con una bella melodía interpretada al piano, y sabes que puedes mirarte a ti mismo con orgullo porque estás emocionándote y eso te hace hermoso y especial.
Nada de eso es ser buena persona. Es lo que dice todo el mundo, pero no es verdad. En todos y cada uno de esos momentos, y en muchos más, estás haciéndolo por ti mismo, de modo que haciendo una supuesta buena acción por alguien, quizás un desconocido, quizás en perjuicio de ti mismo (porque tienes prisa, estás cansado, o por lo que sea), lo que estás es aprovechándote de una circunstancia social o personal para ser benévolo contigo mismo. Te miras interiormente mientras sonríes o lloras o te conmueves, y ganas un concepto positivo de tu propio ser que te ayuda a seguir adelante, a creer “que mereces la pena”. Y, más al fondo de la cuestión, ahuyentas de nuevo ese miedo, ese a quedarte sin cobijo, agua o comida, porque en el fondo de tu ser sabes que en esta sociedad, si echas una mano, quizás alguien te ayude a ti cuando lo necesites. De modo que vas a dar algunas migajas de tu tiempo, de tu fuerza o de tu ánimo, en la esperanza de que, cuando vayas en muletas, cuando seas anciano, cuando te falte un euro para coger el autobús de vuelta al hogar, cuando te sientas desfallecer, alguien se acordará de lo que hiciste por él, y podrás seguir viviendo un poco mejor.
Ni siquiera las madres son altruistas. Cuidar de su progenie es algo instintivo, y preservándoles del hambre y del sufrimiento, se preservan a sí mismas de verles sufrir y de sufrir con ella.
Cuando aceptas a un nuevo amigo en tu círculo social, lo haces porque algo te da: es simpático, es listo y te estimula, es divertido y te divierte, es atractivo y te atrae. No lo haces “porque sí”.
Y dirán, algunos: pero hay gente que se acerca a los más estúpidos, a los más gafes, a los más amargados. Claro que los hay, porque a su vez son amargados, gafes, aburridos. También los hay autodestructivos y se juntan con otros parecidos a ellos. Y también los hay solitarios, y no se juntan con nadie.
Por contraposición, las malas personas son las que llevan a cabo actos perniciosos para los demás en beneficio propio. El problema con actos perniciosos y nobles, es que todo depende del cristal con el que se mire la realidad, y lo que alguien considera malo, otro lo puede considerar bueno, o al menos positivo, constructivo. En realidad, nadie puede hacerte algo malo si tú no se lo permites, y si se lo permites, eres tan malo, haces algo tan malo, como él. Y ahí voy a basar yo mi argumentación de lo que es una buena persona, para ir terminando.
En mi opinión, una buena persona lo es incluso aunque los demás piensen que es mala. Es decir, que sacrifica la opinión general sobre ella, por una convicción o un ideal, y no se aparta de esa convicción aunque pase a la historia universal como un villano. Lo más probable es que los más inteligentes y sensibles de esa masa que puede llegar a aborrecer a esa mala persona, aprecien muchas cosas buenas que hizo. Aprecien su sacrificio. Porque ser uno mismo es sacrificarse por los demás. Cometer actos mezquinos o imperdonables a veces es necesario para continuar viviendo. Y cometer actos bondadosos y compasivos es sacrificarse para aceptar un poco más la muerte. La historia terminará juzgándolos o crucificándolos. Puede que nunca se llegue a saber la jodida verdad sobre lo que hizo o lo que era, pero él sí lo sabía, y eso le basta porque creía en sí mismo. Es es ser, creo, una gran persona.
 
 
 
extraído de su blog CUADERNO AUDIOVISUAL

martes, 10 de abril de 2012

El suicidio intelectual de El País (la estafa global en español)




Tengo que andar más rápido con esto de los artículos (o posts, o como cojones se les quiera llamar) en mi Cuaderno Audiovisual. No puede uno largarse un par de días y dejar de publicar o desconectar del maldito ordenador varias jornadas seguidas (cualquiera que me conozca sabe que soy un hombre que vive pegado a un ordenador) porque suceden cosas extrañas y se me quedan obsoletos los temas o las tonterías que me da por escribir para desahogarme. Digo todo esto porque el otro día vía I-Phone (léase aifon de los huevos) me encontré con un artículo absolutamente demencial de esa memez diaria en que se ha convertido el que hace mucho fue el periódico más de izquierdas de Europa, el “diario global en español”, que a día de hoy se ha convertido, ya definitivamente, en la “estafa global en español” y en una caterva de ignorantes asalariados que no hacen mas que escribir gilipolleces dignas de cualquier blog de aficionados antes que en prensa relativamente seria. Pero cuando se ponen con temas culturales, intelectuales o artísticos, directamente han caído en picado en cuanto a dignidad. Como el “artículo” o patochada en particular me pareció tan subnormal, me propuse escribir sobre él (es lo que voy a hacer ahora), y a la vez dejar claro el subtexto (también lo voy a poner a continuación) de lo que no se dice en el texto pero que está meridianamente claro que está implícito en él, y este subtexto lo pondré en color rojo para que quede claro que lo añado yo. Además, en el colmo de la generosidad, iba a hacerle el trabajo sucio a los redactores de El País, e iba a calcar el tono y la estupidez con otro artículo propio, esta vez no sobre Cameron, sino sobre Francis Ford Coppola, probablemente el más grande director norteamericano en activo.
Pero, no al mes, sino al día siguiente, cuál es mi sorpresa que me encuentro, ¡precisamente!, con algo parecido a lo que yo iba a proponerles, ¡y también sobre Francis Ford Coppola!, con lo cual confirman su mezquindad y su amarillismo, me quitan la gracia a lo que iba a hacer (aunque pienso hacerlo igualmente), y me hacen sospechar que las grandes corporaciones mediáticas leen el pensamiento a la gente, porque en caso contrario es mucha casualidad, y yo no creo en las casualidades. Pero vamos con el texto ese que han escrito sobre James Cameron. Un texto dedicado, en exclusiva, a atacar a este cineasta sin argumentos de ninguna clase, abundando en su vida privada y en suposiciones que no tienen ningún valor, recolectando algunos hechos por todos conocidos, no aportando absolutamente ninguna idea, y sin el menor respeto por la aportación de Cameron al cine. Pero además lo hace a lo cobarde, a lo rastrero (joder, cuántos cobardes rastreros disfrazados de valientes he conocido en mi vida), pues por encima de toda esa mala baba, se las da de equidistante, de objetivo, de imparcial, o de elegante, ofreciendo una incoherencia insuperable, incapaz de sostener su postura y quedando en el más espantoso de los ridículos. Vamos con el asunto, y recuerden que las anotaciones en rojo son mías:
El subtexto de ‘A James Cameron ya no le basta con ser el rey del mundo’

A James Cameron ya no le basta con ser el rey del mundo (nótese ese “ya”, explicativo en modo sumo, queriendo decir que una frase de euforia después de ganar 11 Oscars, deformada hasta el hartazgo por sus detractores, define al personaje en cuestión, pero que ahora “ya” no se conforma con ser un ególatra desquiciado, sino quién sabe cuántas cosas más)

Tras escrutar el fondo del oceáno, el “hombre más temido de Hollywood” no le teme a nada (segunda suposición en dos párrafos, para batir récords, otorgando al Cameron una aureola de auto-deificación, pero sin declaraciones del interfecto que justifiquen esta frase, ni nada por el estilo)

Visionario o megalómano inconsciente: ¿hasta dónde está llegará para acallar a sus críticos? (claro fallo gramatical no corregido por los lumbreras del diario global, pues el “está” sobra, pero además tacha al interfecto de megalómano inconsciente, como si sus proyectos hubieran causado algún destrozo personal, social o ambiental, ¡bravo!)

En parte por ahorrar (claro, amigo periodista, cogió a la mejor actriz de su generación y a una estrella emergente en una producción de cientos de millones para ahorrar, ¡a batir el récord de memeces sin argumentos!), James Cameron escogió a dos bisoños (bisoño significa nuevo o inexperto, muchacho, cosa que no eran estos dos intérpretes, ¡hay que leer más! …o simplemente dejar de escribir) protagonistas para ‘Titanic’: Leonardo DiCaprio y Kate Winslet. Ambos tenían 21 años. Aquí, con DiCaprio durante el rodaje. / FOX
Si el Renacimiento tuvo a Leonardo da Vinci y la Ilustración a Benjamin Franklin, la era posmoderna solo podía dar a alguien como James Cameron (nótese la coña poco sutil, comparando a Cameron con dos genios como da Vinci o Franklin, para que salga mal parado en el lance intelectual, ¡oh, qué ingenio!). El hiperbólico (que se me explique eso de hiperbólico cineasta, mí no entender una expresión tan elaborada) cineasta batió la semana pasada un nuevo récord: descendió a lo más profundo del océano, al lecho marino en la fosa de las Marianas, a 11 kilómetros de profundidad en el Pacífico. Fue la primera persona en hacerlo sola (un lector avezado descubrirá que debía haber escrito “Es la primera persona…” y no “Fue la primera persona…”, pero no se pueden pedir peras al olmo, ¿verdad?). Lo que para el común de los mortales (nueva deificación poco sutil, de mala baba poco acerada, no exenta de cierto tufo a envidia, como si el autor de estas líneas follara poco, y/o mal…) hubiera sido una gesta para narrar a las generaciones venideras, para este canadiense de 57 años fue un día más en su excéntrica vida (claro, muy excéntrica, ¿qué dirá este hombre de las aficiones de Nick Nolte?).
Todo en la carrera de Cameron, que comenzó en 1978, es excesivo (¿absolutamente todo, amigo periodista? ¿también las tonterías que se escriben sobre él?). La segunda entrega de Terminator fue la primera película que costó 100 millones de dólares. Titanic fue la primera que superó los 200. Avatar las dejó atrás a ambas, con 237 millones. Estos dos últimos largometrajes son además los más taquilleros de la historia: Avatar ha ingresado 2.700 millones, y Titanic, 1.800. Una cifra que puede aumentar a raíz de su estreno en 3D. (ah, que por “todo” te referías a los presupuestos de sus películas…sí, se ve que te has documentado poniendo cifras, ya te has ganado el sueldo, muchacho, pero no dices que ‘Aliens’ y ‘The Terminator’ costaron cuatro duros y son hitos del cine…lapsus, claro)
Con Cameron siempre parece que el último proyecto megalomaniaco (poco sutil manera de poner a Cameron como un loco que no hace más que filmar insensateces…) vaya a acabar en debacle (…pero no añades que ni uno solo ha sido una debacle, sino que todos ellos han sido triunfos comerciales, y algunos grandes obras cinematográficas…¡ay, muchacho, qué pena!). En Abyss, de 1989, llenó una central nuclear abandonada con 30 millones de litros de agua y sumergió a su equipo 10 horas al día durante 10 semanas (¡malvado Cameron!). Para Titanic construyó una réplica del barco de 236 metros de largo, tan grande que Fox tuvo que construir un estudio por 57 millones de dólares en México con el único fin de contenerla (¡por Dios, qué malvado!). Con Avatar diseñó su propia cámara de tres dimensiones, instaurando un sistema de rodaje que el jefe de DreamWorks, Jeffrey Katzenberg, comparó a la irrupción del sonido o del color en el cine. (aquí al redactor, de cuya inteligencia dudo bastante, no puede evitar contar la puta verdad, que el Cameron de los cojones empuja la técnica cinematográfica a cada nueva película, pero no puede tampoco evitar añadir lo de la declaración de Katzenberg como si fuera una gilipollez supina)
Sus detractores reprueban un ego desmedido (aquí se desmarca, el tal Alandete, de Washington, como si él no se hubiera ya mostrado como un firme detractor…). Y no hay megaproducción suya a la que no se le vaticine el más estrepitoso fracaso (…y otra vez no añades que ninguna lo ha sido por el momento, sino el más clamoroso de los éxitos populares….). De Avatar se recuerda (¿quién la recuerda? ¡si aquí nadie la leyó, buen hombre!) la que fue probablemente su crítica más negativa (hasta que llegaste tú, te morías de ganas de decir, pero no puedes), de un pequeño diario de Alabama, The Auburn Plainsman,que le otorgó mil estrellas negativas. “Glu, glu, glu…”, titulaba la revistaTime en 1996 al escribir sobre Titanic. “¿Puede evitar el desastre el extravagante Titanic de James Cameron?”, se preguntaba la periodista Kim Masters. “El Titanic se hunde de nuevo (de forma espectacular)”, escribió Kenneth Turan en Los Angeles Times. Su perfeccionismo, que disparaba los presupuestos de los rodajes una vez iniciados, le valió la etiqueta, según señaló entonces The Sunday Times, de “el hombre más temido de Hollywood” (y lo que diga esa mierda de periódico, The Sunday Times, va a misa, ¿o no?).
Debía haber entregado acabadaTitanic en verano de 1997 (¡pero no lo hizo! ¡habráse visto semejante cabronazo!). Pero obligó a retrasar el estreno, alegando que los efectos especiales eran demasiado complejos (¡malvado, otra vez! ¡malvadísimo!). Su apabullante éxito contradijo a los agoreros (anda ya, ¿en serio?…lo que son las cosas). Ganó 11 oscars, incluidos los de mejor película y mejor director. Al recibir este último, Cameron repitió aquella frase de DiCaprio en el filme: “¡Soy el rey del mundo!” (porque se cree el rey del mundo, ¿verdad? para él, según tú, David de mis amores, el resto de la humanidad no vale nada, ¿por qué no lo has puesto en tu magnífico texto? cachis…).
Y el rey quiso venganza (además de malvado, cruel). A los días (ein?) de barrer en los Oscar, compró espacio en una página de Los Angeles Times para responderle al crítico de ese diario. “La sensibilidad crítica de Turan es el peor tipo de elitismo egomaniaco”, escribió. “A nadie le interesan los desvaríos violentos de un hombre amargado que ataca y destroza las películas en las que la gran mayoría de espectadores invierte su tiempo y dinero. Turan no sabe lo que es disfrutar de la alegría de ver una película como la mayoría de la gente lo haría. Ha perdido el contacto, por tanto, con sus lectores, y ya no sirve en su puesto” (aquí el astuto redactor no añade nada más, como haciendo un guiño cómplice, invisible al lector: “está claro, ¿no?”, dice ese guiño).
En todas sus películas hay una mujer fuerte, que acaba teniendo un protagonismo decisivo (¿y esto a qué viene?). En Aliens es la teniente Ripley, interpretada por Sigourney Weaver. En Avatar, Zoe Saldaña, convertida en la alienígena azul Neytiri. Y en la saga deTerminator, la sufrida (ein otra vez?) Sarah Connor, encarnada por Linda Hamilton, con la que Cameron estuvo casado entre 1997 y 1999 (empieza el amarillismo).
Ha contraído matrimonio cinco veces (uy, qué interesante…). Se divorció de Sharon Wi­lliams, una camarera a la que había conocido en la universidad, para casarse con la productora de Terminator, Gale Anne Hurd. A la directora Kathryn Bigelow le seguirían Linda Hamilton y su actual (y, según él, definitiva) esposa, Suzy Amis, una actriz que salía en Titanic (buen repaso, sí señor). Solo el destino cruel de Hollywood (ahora se pone poético, o absurdo, qué sé yo…) podía dar un giro de guion a su vida como el de ver su epopeya en 3D, Avatar, equiparada en nueve nominaciones a los Oscar a En tierra hostil, una modesta (con lo cual, mejor cine, ¿o no?) cinta indie (indie mis cojones, amigo, hay que documentarse más) dirigida por Bigelow. A Cameron, sentado justo detrás de ella, se le fue congelando la sonrisa a medida que avanzaba la gala (tú no viste la gala, davicín, pero yo sí, y Cameron aplaudió fervorosamente cada Oscar de su ex-mujer, a la que admira, y cuando se llevó el de mejor directora se levantó a ovacionarla, está en youtube, un poco de seriedad). Él logró tres galardones técnicos. Ella, seis, incluyendo los de mejor dirección y película (fíjate, se hizo justicia en los siempre injustos Oscar con una de las películas menos redondas de la Bigelow). Esa noche, Cameron no fue el “rey del mundo”. (admítelo, pillín: con la última frase se te ha puesto dura, culminando tu particular venganza y redondeando, en plan frase circular subnormaloide, esta obra maestra a la tontería universal)
Aunque los que me leen con cierta asiduidad saben de mi admiración por gran parte de la obra de James Cameron, está lejos de mi ánimo defenderle en todo y contra todos. Si se me viene con argumentos, yo me callo y respeto. ‘The Abyss’ está muy lejos de ser una película redonda, y ‘True Lies’ me parece una tontería de película como un piano de grande (con algunas de las peores escenas de acción, supuesta especialidad del Cameron, filmadas en mucho tiempo en el cine mundial, con chistes dignos de ZAZ, y dejando a los árabes como si fueran imbéciles…), pero hay varias cosas que, a poco que uno tenga cierta formación, cierta falta de prejuicios, y cierto amor por el cine, son incontestables: este tipo es el más grande director de sci-fi de todos los tiempos (el más completo, el más coherente, el más humano, el que más sabe de ciencia, el que más se moja, el que más acierta en prediciones de futuro), este tipo ha filmado las mejores secuencias de acción de todos los tiempos (las más complejas, las más impresionantes, las más conmovedoras), este tipo tiene unos cojonazos alucinantes (por los proyectos que levanta, por su forma de trabajar), este tipo es un autor (él mismo escribe TODOS sus guiones, al contrario que por ejemplo David Fincher o Ridley Scott, y en todos ellos se encuentran obsesiones y preocupaciones similares, estéticas, sociales, narrativas o psicológicas), este tipo tan odiado hace avanzar la técnica cinematográfica en cada película a todos los niveles (cámaras, sonido, CGI)…

Por supuesto, en rodaje tiene que ser una pesadilla inaguantable. Muchos actores han deseado estrangularle. Algunos colaboradores técnicos también. En sus declaraciones puede ser muy lúcido o muy arrogante y errático. Le encantó ‘Cisne negro’, la idiotez de película de ese retrasado mental llamado Darren Aronofsky, lo cual deja mucho que desear en cuanto a sus gustos contemporáneos. Pero nada de eso, y muchas otras cosas más, diluye su enorme aportación al cine. Eso sí, todo el mundo le odia. Pero todo el mundo va a ver sus películas. ¿Les apuntan con una pistola? no. ¿Esnobismo gratuito con el que desahogar carencias de personalidad? probablemente. Y dado que el autor de esta mierda de artículo que he diseccionado tenía ganas de atacar grandes cineastas, yo pensé en mandarle un borrador sobre Coppola, en el que dejar claro que para megalomaníacos, el cineasta italoamericano. Y además, adicto a la cocaína a finales de los setenta y primeros ochenta. Y fue repetidamente infiel a su mujer. E intentó joder a Polanski con su maravillosa ‘Tess’. Y ahora hace peliculitas de estudiante que nadie ve. Y se compró un castillo con las ganancias de ‘Drácula’, y su vida sí que es excéntrica. Pero hete aquí que al día siguiente me encuentro con ese artículo ya linkado que se titula ‘Coppola bebe demasiado’, y ya sé que el mundo se acaba (por cierto qué mal escrito está, y con vocabulario de colegial…me saco los ojos), y que hay que defender a otros como Aronofsky, o a Julio Médem, que mola mucho, y que el diario más leído de España está para publicar tonterías amarillistas.

Bravo. ¿Qué coño?: ¡Bravísimo!



interesante réplica de Adrián Massanet al articulista del País, extraída del blog del propio Adrián.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

"El árbol de la vida", arte más allá de lo narrativo by Adrián Massanet




Terrence Malick, aunque se resiste a ser fotografiado y a conceder entrevistas, lo que le confiere un aura de misterio y la sensación de que se trata de un ermitaño incapaz de relacionarse con el mundo, ni está solo ni está desconectado del mundo. Le acompañan (le han acompañado siempre), en su viaje estético y vital, nombres como los del filósofo Martin Heidegger, el poeta Walt Whitman o el escritor, poeta, agrimensor, naturalista, activista, anarquista, conferenciante y fabricante de lápices Henry David Thoreau. Y por su visión panteísta y su condición de creador de imágenes, está realmente conectado al hombre, a la vida y al mundo. Desde 1973 ha dirigido cinco largometrajes y, aunque jamás será acreedor de (siempre sospechosos, o casi siempre) consensos de ninguna clase y en ningún lugar, ahora goza de un enorme prestigio como cineasta y de una libertad en sus proyectos con la que pueden ejercer su misión muy pocos (contados con los dedos de una mano) directores en el mundo. Un privilegio conquistado, y no regalado por nadie, a base de coherencia y de una total fidelidad a sí mismo y a su misión de escultor de imágenes y sonidos cinematográficos. Imágenes y sonidos que da la impresión de pertenecerle sólo a él, en verdad, y con los que ha construido una obra breve en títulos pero enorme en cuanto a su capacidad de arrastre, su vuelo poético, su refinada e inimitable búsqueda de lo invisible. Esa indagación abstracta en regiones del alma y de la mente que para muchos artistas queda vedada.

Ahora, tras su paso triunfal por Cannes (no exento de voces que la aborrecían), ha llegado a España la última de estas películas (dicen que ya tiene terminado el rodaje de la siguiente, y que prepara una séptima) y son esperables y lógicas las reacciones dispares (hasta opuestas) ante una película absolutamente inclasificable, alejada de cualquier otra que podamos ver en una pantalla ahora o nunca, y ante la que no es posible acercarse, y mucho menos realizar un análisis medianamente serio y valioso, haciendo uso de las herramientas o los arquetipos que tantas veces se emplean cuando se trata de escribir sobre una obra cinematográfica, pues sus múltiples aristas (conceptuales, filosóficas, formales, temáticas, técnicas, líricas) lo impiden, ya que Malick llega quizá más lejos que nunca en su particular y muy radical concepción del cine. Pero, aunque radical, palpitan en sus imágenes, aunque sea en el subsuelo de ellas, algunas de las indagaciones espirituales de los más grandes directores norteamericanos (Ford, Capra, Lynch), europeos (Truffaut, Erice, Resnais) o asiáticos (Ozu, Mizoguchi, Yimou), y participan de una universalidad incontestable, que las convierte en plenamente accesibles para cualquier ser humano. Una película que, además, encuentra en sus enormes desequilibrios estructurales su verdadera razón de ser y su indescriptible éxtasis emocional. No es la perfección, ni la verdad, lo que aspira a capturar esta hermosa película, sino la escurridiza, luminosa y percutante energía de la vida misma.

Muchos se acercarán a esta película y sentirán un irresistible y feroz rechazo. Probablemente abandonen la sala o se sientan defraudados. No es nada nuevo. Reacciones similares tuvieron lugar cuando ‘La delgada línea roja’ (‘The Thin Red Line’, 1998) o ‘El nuevo mundo’ (‘The New World’, 2005), vieron la luz. La probabilidad de que esto ocurra será mucho mayor si el espectador no conoce la obra previa de Malick, o si no es consciente de que este director no tiene el menor interés, nunca lo ha tenido, en entretener o enamorar al espectador con una historia bellamente filmada. No son cosas que le interesen o que le muevan para salir de su casa y ponerse a filmar una película. Tampoco le interesa una narración convencional, o filmar un episodio de la vida de un personaje como lo haría cualquier otro director. Aún quedan algunos artistas en el mundo que son capaces de elaborar un mundo propio en las páginas de un libro, o en las imágenes y sonidos de una película simplemente porque ellos respiran y beben eso como una forma de vida, y una misteriosa chispa en su interior les obliga a establecer sus propias reglas y a no hacer algo que a se haya hecho, o no de la misma forma. Es decir, son creadores. Y no pueden dejar de serlo. Ni siquiera les interesa la narración, ni la trama. Sólo una cosa les importa, y es permitirnos, a nosotros, asistir a las secretas conexiones de todas las cosas vivas, como demiurgos o profetas capaces de comprender todo lo que nos destruye y nos llena de paz, todo lo que tememos y lo que amamos, lo que nos aprisiona y nos hace libres.



Amar es perdonar, comprender, aceptar

Algunos analistas que la habían visto decían que ‘El árbol de la vida’ (‘The Tree of Life’, 2011) era una obra de enormes ambiciones, que trataba de conectar poéticamente al ser humano con los orígenes del universo, y que en su secuencia se buceaba en cuestiones metafísicas inextricables y crípticas. Todo ello desde una puesta en escena muy autocomplaciente y forzada, hasta grandilocuente. Para mí, la realidad es muy otra. No existe tal ambición desmesurada (al menos, en lo temático) ni tales elementos crípticos. Siendo una película con algunos grandes defectos (sobre todo en su zona final), sorprende por la enorme contención de su estrategia estética y porque, aunque su carácter espiritual la lleva a mostrar imágenes como la creación de una supernova o el surgimiento de un enorme dinosaurio en una playa, sorprendentemente su cámara jamás se aleja de la realidad de una familia de Texas, del nacimiento de un niño, del pulso vital de lo cotidiano. Su único interés es el hombre, y el corazón de esta película es el perdón como la única y definitiva prueba de amor sin límites, y como territorio final de redención y sosiego. Y a partir de ahí la imaginación de Malick propone una zambullida sin límites a los misterios indescrifrables de la infancia, y es de tal calibre su aportación que se inscribe con letras de oro en la larga tradición de esas maravillosas películas que han hecho de la transición de niño a adulto la medula espinal de su secuencia.

El director se crió en Waco, Texas, en una familia conflictiva de grandes altibajos económicos y sentimentales, y tuvo una adolescencia marcada por el contacto con la naturaleza y el aprendizaje de los resortes violentos del mundo que le rodeaba. Su hermano murió en circunstancias que nadie conoce bien del todo. Pero sí se conoce que él se ha sentido durante años terriblemente culpable por ello. Estamos, por tanto, ante una confesión fílmica en toda regla, y ante la expresión dramática de unos demonios interiores violentísimos y muy dolorosos, pero también ante la evocación plácida, sensorialmente apabullante, de unos recuerdos muy intensos. En la ficción son los recuerdos de un hombre roto y perdido en una gran ciudad, agobiado por enormes edificios de cristal y acero, y por un trabajo que le aporta dinero y posición, pero que le vacía por dentro y no le hace feliz. Ese hombre, al que aporta su rostro el imprescindible Sean Penn, es un alter-ego evidente del propio director, y cuando no vaga por el fotograma o conversa oscuramente con su padre en un ascensor que le lleva a ninguna parte, se evade en la remembranza de su infancia con sus dos hermanos, que en la cosmogonía de Malick viene a representar el paraíso perdido que ya vimos en las sociedades preindustriales de las Islas Solomon de ‘La delgada línea roja’ o en la Virginia salvaje de ‘El nuevo mundo’. Se trata de un hombre que anhela recuperar una inocencia y una alegría que en su vida parecen perdidas, y que pasan por aceptar las propias enormes limitaciones y que la muerte es invencible y caprichosa, pero que no puede arrebatarle todo lo bueno que ha conocido.

Pero para ello tendrá que recordar (es decir, volver a pasar por el corazón) muchos acontecimientos terribles y oscuros que le marcaron para siempre y que sólo ahora, siendo un hombre maduro, puede intentar comprender. De este modo, la película es un enorme flash-back, que en los primeros momentos son como fogonazos que golpean su cuerpo y que luego, durante dos horas, serán el eje central del relato. Nos convertiremos en él, y nos sentiremos completamente identificados (yo mismo me he sentido estremecedoramente retratado en mi relación con mi padre y con mi hermano) en su vértigo emocional, y seremos testigos privilegiados de la vida rutinaria de una familia media de mediados del siglo XX en un barrio residencial como pudo haber miles en Estados Unidos. Seremos parte de esa familia y se nos permitirá compartir sus momentos de euforia y sus miserias y épocas de dolor. Pero nunca desde lo moral o lo narrativo, y siempre desde lo sensorial, lo fugaz, crisol de instantes irrepetibles que, en su misma esencia, llega a convocar una tensión psíquica y espiritual muy difícil de describir y que sólo las grandes obras de arte pueden atesorar, y se descubre uno llorando ante sus imágenes, sin saber muy bien si las lágrimas están provocadas por la belleza de esas imágenes o por lo desgarrador y lacerante de algunas escenas. O quizá porque uno comprende que realmente ya no está solo en el mundo.



Rasgos de una complejísma puesta en escena

Bien sabrán los lectores que el rodaje tuvo lugar hace más de dos años, y que se llegaron a filmar casi 600.000 metros de película. Después del rodaje, Malick se dedicó, durante muchos meses, a pulir su obra obsesivamente, añadiéndole por primera vez elementos digitales, y el resultado es uno de los aspectos cinemáticos más perfectos de la historia del cine. Ya en el rodaje repitió el mismo esquema con el eminente operador Emmanuel Lubezki, cuando ambos convinieron en que toda luz sería natural, que todos los lugares de rodaje se verían completamente privados de cables o utensilios eléctricos, y que todos los planos serían cámara en mano, salvo muy pocos de grúa, que precisamente tuvieron lugar en el árbol que preside la casa. La cámara de Malick es más nerviosa y fluctuante que nunca, y no tiene miedo de efectuar furiosos barridos y panorámicas de derecha a izquierda y viceversa, así como de picar, contrapicar y torcer la cámara si con todo ello puede expresar con mayor potencia el estado anímico de sus personajes. Pero también caben en ella esos rasgos contemplativos, serenos, de obras anteriores, en los que queda patente su capacidad innata para la observación pura de la naturaleza, no como un entorno preciosista, sino como una metáfora de lo que quiere expresar y también como conexión de sus criaturas con algo más grande y eterno que ellos mismos. Los grandes poetas siempre observaron la naturaleza, no por un amor entrañable o ingenuo hacia ella, sino como constatación de que estamos unidos al entorno natural por lazos inmortales que, a su vez, nos vuelven a nosotros inmortales. En el cine, puede que haya muy pocos que comprendan (es un experto geólogo y conoce todas las plantas) o se acerquen a un río o a un bosque como lo hace él.

En ‘El árbol de la vida’, con un aspecto de 1.85:1, se han utilizado cámaras de 35 mm, así como cámaras submarinas y otras Panavisión 65 mm. También se ha trabajado, para los complejísimos planos del universo y de la creación del mundo, con cámaras Phantom de alta velocidad y cámaras digitales. En la pantalla, se tiene la sensación de obtener la película más heterogénea, a un nivel plástico, de toda la obra de Malick. Por otro lado, es la primera vez que filma imágenes de la vida contemporánea, siempre preocupado por un pasado más o menos reciente. Sin duda, es un cambio importante. Pero también prosigue en su obsesión por la luz cortada del amanecer y del atardecer, como la atmósfera perfecta para fijar los recuerdos. El montaje sigue siendo abrupto e impredecible, con cortes chocantes que superponen el mismo plano o simplemente le arrebatan segundos, o con enormes contrastes entre un plano y otro, tanto de significado como de tonalidad, lo que muchas veces trastoca drásticamente el flujo emocional de una secuencia y nos pone en la incómoda necesidad de tener que rellenar los huecos de la historia, siguiendo los hilos de los gestos o las réplicas. Todo es tan veloz, tan vertiginoso, como un recuerdo, y también, como tal, a menudo no sabemos si lo que estamos viendo es un hecho objetivo y dramatizado o bien un pensamiento o un anhelo o una necesidad de incluir en ese recuerdo actos o frases que nunca se hicieron o nunca se dijeron. En otras ocasiones, casi parece que asistamos más a un sueño, o al recuerdo de un sueño. Pero en lugar de desorientarnos o de confundirnos entre sueños y recuerdos, nunca perdemos el mapa emocional y sentimental de los personajes y eso nos ayuda a seguir la película con total perfección, sin perder jamás la tensión interna de la secuencia.

La cámara está muy encima de los actores, incluso de los bebés, en secuencias complejísimas. Malick trabajaba con un equipo mínimo y buscaba el ambiente propicio para que los acontecimientos ocurriesen realmente, más que ser fingidos o interpretados. Una técnica muy complicada de llevar a cabo, y que requiere de muchas horas y de una delicadeza y una dureza extremas. Pero de esta forma Malick es capaz de apresar numerosos instantes casi mágicos, en los que el azar, la improvisación, y hasta la verdad, hacen su aparición de repente. Todo para construir algunos de los momentos más hermosos del cine reciente: el niño que comienza a tocar la guitarra en segundo término y el padre le acompaña, abrumado por la emoción, con su piano; la mariposa que vuela alrededor de la madre y finalmente se posa en su mano; los niños de pocos meses de edad jugando en el jardín de la casa y compitiendo por el cariño de su madre con muy diferentes tácticas; el bebé que apenas gatea por el suelo enfrentándose a la enorme escalera de la casa, escalera que terminará en una buhardilla que más adelante albergará algunos de sus sueños recurrentes; los hijos aprovechando la ausencia del dictatorial padre para convertir la casa en un espacio de anarquía y risas; la piedad de un dinosaurio cazador hacia su presa, cuando ya la tiene acorralada; la reunión celestial de familias en una playa de ensueño… Malick se lanza con toda su potencia visual a hablar con Dios, a preguntarle por qué los seres queridos mueren y por qué nos sentimos tan solos, para así librarse de la culpa del hermano muerto, para situar al hombre más allá de lo narrativo y buscar la belleza de lo que no se ve, pero se siente.


Dicen que Sean Penn, al ver su personaje reducido a un mero fantasma en la película, se ha cogido un buen cabreo. Pero a mi modo de ver, su presencia fugaz, casi trastornada, es vital para la película, y ejerce de ancla y de pregunta ante la respuesta que son los recuerdos, y si su segmento hubiera disfrutado de mayor tiempo, el enorme peso de las vivencias de los chavales habría quedado aún más desequilibrado y la película, ya de por sí agotadora, se hubiera aniquilado a sí misma en una sucesión de viajes hacia el pasado y hacia el presente. Brad Pitt, cuyo personaje estaba previsto que lo interpretara el fallecido Heath Ledger, borda un dificilísimo trabajo de contención y de explosión, que fácilmente podría haber caído en lo exagerado o incoherente, pero que este actor cada vez más dueño de su talento, es capaz de clavar con una precisión admirable. Sin embargo, la unión de todos los personajes al final, las imágenes del interior torturado de Penn, la elegíaca secuencia de la playa en la que la madre sigue hablando con Dios y tienen lugar tantos reencuentros, queda bastante forzada, y no acaba de encontrar el necesario tempo y la necesaria fuerza expresiva, como si Malick hubiera necesitado de una hora más para ensamblarla debidamente, y aunque no empaña todo lo demás, ni mucho menos, desmerece bastante del largo segmento de los niños, en cuyos juegos y descubrimientos está, de lejos, lo más valioso de esta audaz película. También en la relación de un hijo con su padre, tan generoso y cálido como estricto y violento, maestro de los sinsabores y la agresividad de un mundo despiadado.

Las conquistas de una obra revolucionaria

Y así, poco a poco, odiaremos a un padre que representa la oscuridad, mientras la madre representa la luz. Pero luego sentiremos piedad por un progenitor que también es un hombre roto y vacío, para el que la vida es demasiado dura y pesada, y que detrás de toda su dureza esconde mucho dolor y mucha frustración. Y poco a poco iremos viendo como el perdón y la aceptación y comprensión total del otro es la llave para que el pasado por fin se cierre y, quizá, se abra un futuro que parece cada vez más negro. ‘El árbol de la vida’ se instala en este presente oscuro dominado por el capitalismo salvaje y la crítica situación individual de cada uno, pero vuelve la mirada a un pasado que puede darnos la libertad, la energía y la alegría de volver a empezar y así construir un mundo, y sobre todo un interior de cada uno, más libre y esperanzador. Terrence Malick, aunque siempre narra algunas de las más terribles negruras del alma del hombre común, tiene plena confianza en él, y no se cansa de esperar que lo mejor de él reemplace a lo peor y que seamos capaces de encontrar la belleza en el mundo que nos rodea y dejemos de revolcarnos en nuestras miserias. La música de Alexandre Desplat (quien, al parecer, ha tenido una relación creativa con Malick tan tortuosa y llena de problemas como la tuvieran Hans Zimmer o James Horner), uno de los compositores más inspirados de la actualidad, es complejísima y también incide en toda esta búsqueda de esperanza a través del camino del dolor y la oscuridad. Más que llamar la atención sobre sí misma, con melodías o sinfonías destacadas, se incrusta a la perfección en el collage audiovisual que construye Malick, acompañada también de grandes piezas de Bach, Brahms y otros.

Obra lírica antinarrativa, verdadera investigadora de nuevas formas cinematográficas, y a la vez compulsiva confesión en forma de arte, ‘El árbol de la vida’ es una experiencia sensorial obligatoria para todo aquél que no encuentre ya satisfacción en las formas más obsoletas y anticuadas del cine como cuentacuentos, y sí como el exacto soporte de los recuerdos y de los sueños.






Mi buen amigo Adrián Massanet nos deja este pedazo de artículo sobre la última película de Terrence Malick, extraído de aquí

lunes, 1 de agosto de 2011

Ingmar Bergman: "Música en la oscuridad", desde el melodrama a la tragedia by Adrián Massanet






“Mi único recuerdo de este film es que pensaba: asegúrate de que no hay partes aburridas; mantén el entretenimiento. Ésta era mi única ambición”

Entre el melodrama y la tragedia, como tonos narrativos, media un abismo. No me estoy refiriendo ahora a los géneros, que a fin de cuentas no representan otra cosa que etiquetas comerciales, me refiero a la mirada y a la puesta y en escena del director. El melodrama, como su nombre indica, es un cine que se apoya excesivamente en la música para lograr un efecto sentimental en el espectador. Muy pocos lo han dominado y han dirigido obras notables o elegantes, y la mayoría se ha entregado a ese sentimentalismo forzado que, a día de hoy, me parece a mí, tan poco tiene que ofrecer. La tragedia, por otro lado, es mucho menos comercial que el melodrama, no evoca los peores resortes del espectador (sufrir con uno mismo en base a inexistentes “nobles” sentimientos) sino los mejores (sufrir con los demás, compadecerles, a pesar de sus “terribles” defectos), y propone una feroz y descarnada visión del mundo y del hombre. Es, por tanto, una forma narrativa y de creación mucho más elevada, compleja y oscura que el melodrama.

Los primeros filmes de Bergman, situados en la inmediata posguerra, enclavados en una industria tan conservadora a todos los niveles (técnico, temático, narrativo, de distribución, de tradición) como la sueca en los años cuarenta, son melodramas. Filmados con la pericia de un hombre de gran inteligencia, y con la sospecha de que ese hombre pronto sería un gran director de cine, pero sometidos al vasallaje de las convenciones de su época. Es decir, melodramas académicos, ya lo hemos dicho cuando los hemos comentado, en los que a veces se perciben trallazos de audacia formal o decisiones visuales que comienzan a erosionar ese academicismo y ese enconsertamiento narrativo que tanto daño ha hecho, bajo mi punto de vista, al cine. En su cuarta película, ‘Música en la oscuridad’ (‘Musik i mörker’, 1948), Bergman por fin consigue acercarse a una concepción de la tragedia y empieza a dejar atrás esas servidumbres y alcanza una tragedia que, si bien no es del todo redonda, sí aprovecha al máximo el pobre guión en que se basa y conmueve con la fuerza expresiva de un director casi en plena posesión de facultades.

Primer personaje bergmaniano

Hasta ahora los protagonistas de las tres películas previas del cineasta, tanto hombres como mujeres, distaban mucho de esa escultura en tensión psicológica y física a la que nos acostumbrará en futuras obras maestras. El personaje central de esta historia es otra cosa. Existe una austeridad mucho mayor por parte de Bergman a la hora de dibujar a este soldado malherido, por nombre Bengt, aunque su peripecia es mucho más dolorosa: se queda ciego tras un bestial accidente, provocado por intentar ayudar a un perro en el peor de los paisajes posibles. A partir de ahí intentará ganarse la vida, en un mundo de oscuridad que es mucho más interior (puro Bergman) que exterior, de tal forma que los condicionantes físicos son una expresión aparente de la orfandad anímica de este individuo, por el que Bergman siente una admiración sin complejos, y así lo demuestra en varios pasajes de la película, aunque sin llegar a idealizarle, lo que le honra. Al ser abandonado por su antigua novia, conocerá la dulzura extrema de otra mujer, una hermosa sirvienta (de nuevo, puro Bergman) de nombre Ingrid, que se convertirá en su apoyo vital absoluto.




Creo que si el guión hubiera gozado de una mayor enjundia (fue escrito por Dagmar Edqvist, basado en su propia novela, y luego reescrito en parte por el propio Bergman, lo que dice mucho al respecto), y si Bergman hubiera dominado todos los resortes técnicos, sobre todo del sonido, como hará algunos años más tarde, este podría haber sido un verdadero gran Bergman. Desgraciadamente, la dispersión hace acto de presencia, y solamente puede apreciarse verdaderamente la fuerza de capítulos aislados, que no logran afianzarse todo lo deseable entre ellos. Episodios como la búsqueda de empleo de Bengt, que terminará siendo pianista de un bar por poco tiempo, así como su reencuentro con su antigua novia, o bien su posterior empleo como afinador de pianos, demandaban el genio narrativo que todavía se encontraba agazapado, esperando el momento para saltar a la pantalla. Así mismo, se reencuentra con el tema de la pareja cuya felicidad es puesta a prueba por la presión social, tema ya visto en sus tres anteriores películas, pero con mucha mayor personalidad y solidez.

Ambos actores protagonistas son llevados al paroxismo interpretativo gracias a un Bergman que al menos en dirección de actores (estrenaba dos obras diferentes, como poco, cada año en el teatro sueco) sí que muy pronto despuntaba como un verdadero maestro. Tanto Birger Malmsten como Mai Zetterling ofrecen las dos mejores interpretaciones hasta el momento en la carrera del director, sin olvidarnos, porque sería injusto, de la presencia imponente de Olof Winnerstrand, que interpretaría al primer vicario importante de los muchos que van a sembrar la obra de Bergman, obsesionado por la presencia de la institución religiosa en la vida familiar y sentimental de sus criaturas. En la concepción de esta tragedia, Bergman se acerca al ascetismo visual de un Dreyer o un Bresson, que todavía le quedan lejos, pero a los que alcanzará. Dirigiendo una película por año (hoy día, con el sistema industrial presente, esto lo hacen muy pocos cineastas, y con películas pequeñas), Bergman luchaba por conquistar el prestigio de sus pares y un territorio audiovisual propio.

Conclusión

No llega a ser desgarradora, pero duele. No llega a ser plenamente satisfactoria, pero cerca anda de serlo. En su estructura se echa en falta una mayor atención a la arquitectura de las secuencias, a las tripas mismas de la imagen y el sonido. Esto lo digo siempre pensando en futuros logros, que harían eso y mucho más. Es algo frustrante hablar de películas que poca gente ha visto o verá, aunque lea estas líneas, pero también es apasionante constatar hasta qué punto algunos directores necesitaron de una serie de pasos previos para crecer debidamente como artistas. Otros no, otros fueron artistas nada más comenzar. No hay dos artistas iguales. Mientras Welles o Polanski llegan y deslumbran, otros como Coppola, Bergman, Ford, Rossen…han de forjar su talento a base de voluntad y esfuerzo infinitos. Al final lo que importa es que todos lograron un sitio en la historia del cine.

jueves, 30 de junio de 2011

Ingmar Bergman: 'Crisis', un prometedor comienzo by Adrian Massanet




La figura de Ingmar Bergman, aunque sin duda se trata de una de las más respetadas por la crítica más exigente, no goza de ninguna clase de unanimidad, lo cual es una virtud en sí misma. Pero lo que más me sorprende, es que para muchos sea el epígono de lo elitista y lo simbólico cuando, a mi juicio, se trata de un artista muy humano. Es decir, de un cineasta lúcido y clarividente con la condición humana, al que siempre le preocupó el hombre y la mujer, el sufrimiento y el destino, la muerte y lo espiritual. Mientras grandes películas de otros colosos reciben el superficial calificativo de “obra maestra”, las suyas reciben, en el mejor de los casos, el de “obra de arte”, casi como un estigma cultural, cuando no “obra de culto”, como si solamente una panda de iluminados pudieran apreciarlas. Cuando es todo lo contrario. En 1945, convertido ya en un sólido director teatral, de creciente influencia en la cultura sueca, decide dirigir su primer largometraje, ‘Crisis’ (‘Kris’), que fue acogido con frialdad por público y crítica, y aunque no es más que un debut balbuciente, ya se intuyen muchos de los caminos que transitará las siguientes cinco décadas.

¿Esto le convierte ya en un autor, cinco lustros antes de su consagración internacional? Probablemente. Pero lo más importante no es la etiqueta de autor, sino constatar que Bergman fue fiel a sí mismo desde sus comienzos, por mucho que su particular mirada fílmica tardara unos años en dar verdaderos grandes frutos estéticos. Ya el mismo título, ‘Crisis’, podría aplicarse a cualquiera de las películas de la larga carrera de Bergman, y casi a cualquier drama propiamente dicho, pues una crisis es condición ineludible para que cualquier personaje que se precie de serlo pueda expresar las pulsiones que hipnoticen la cámara de un autor interesado en mostrar al ser humano en carne viva, sin aditivos genéricos ni retóricos de ninguna clase. Todos los personajes de Bergman están en crisis, no ya con el mundo, sobre todo consigo mismos, escindidos entre el pasado y el presente, por lo que quedan trágicamente incomunicados con el otro (frecuentemente su pareja). Y este relato es el primer paso en la cristalización de esa obsesión bergmaniana.

El guión de Bergman (que en un principio le fue ofrecido por la Svensk Filmindustri, pero que fue reescrito por él para ser más afín a sus intereses), está basado en la pieza teatral de Leck Fischer (según Bergman, un escritorzuelo que le daría la posibilidad de forjar sus primeras armas como director de cine), y su historia es un ejemplo clásico de narración de la pérdida de la inocencia…aunque también de algo más: la jovencísima Nelly (Inga Landgré) vive con su madre adoptiva, una profesora de piano llamada Ingeborg (Dagny Lind), en un bucólico pueblecito en el que la paz y la serenidad parecen irrompibles. Pero cuando decide ponerse en contacto con su verdadera madre, Jenny (Marianne Löfgren), todo cambiará drásticamente, y Nelly accederá a un mundo (el de la gran ciudad, Estocolmo, el del cinismo, el de la modernidad, un mundo despiadado) que le arrebatará toda inocencia y todo candor, convirtiéndose en una persona mucho más cercana a su madre, aunque de manera trágica. Aquí están comprimidos, en forma embrionaria, muchos de los temas más puramente bergmanianos.



Un director sensual

Sensual no solamente porque el aprendizaje de Nelly va a tener lugar a través del sexo, de la seducción de un cínico que le va a mostrar todo aquello que ella, sin saberlo, quiere conocer; también porque en la caracterización de sus personajes, lo hermoso de los cuerpos, el contacto físico entre ellos (en clara oposición a la incomunicación verbal y psicológica), el retrato de los rostros, nos ofrece la visión de un cineasta consciente de que somos, ante todo, necesidades físicas. De amor, de cariño, de roce. Nelly cambiará sobre todo porque al fin conocerá a un hombre, por muy imperfecto que sea, y porque al fin comprenderá a su madre y todo lo que ella sufre, siente y le estremece, para bien o para mal. El tema de los padres y los hijos, tan afín a Bergman, ya comienza a ser explorado. También el tema de la mujer sueca a mediados de siglo, y no es casualidad que Bergman sea considerado (de modo un tanto reduccionista, pero no por ello menos cierto) el gran director de actrices y de personajes femeninos, pues ya empieza aquí a desplegar su maestría en ese territorio.

Todo esto sin dejar de reflexionar, algo que hará durante toda su obra, en los límites del teatro y del cine, el modo en ambos se alimentan y se destruyen mutuamente, y su necesidad de encontrar una forma puramente cinematográfica. El carácter teatral de ‘Crisis’ está plenamente asumido, es patente en las imágenes, pero no por ello molesta o representa un defecto. Al contrario, pues Bergman parece disfrutar con la simbiosis, y aunque su puesta en escena es muy seca y muy frontal, casi académica, se perciben en algunas decisiones de cámara las futuras audacias formales del director sueco: el magnífico prólogo y la presentación de los personajes, las bruscas transiciones entre actos, el uso de la música para reforzar los cortes de montaje. Bergman parece el alumno aventajado que tomara un juguete, el cine, con el que poder ejercitar el músculo de la imaginación. Imaginación que confrontará lo tradicional (el pueblo, lo natural, el teatro, las convenciones, los prejuicios sociales y sexuales) con lo moderno (la ciudad, el amor libre, lo existencialista, el cine…).

Aunque Nelly está muy valientemente interpretada por la joven actriz de diecinueve años Inga Langdré, y la madre Jenny es una Marianne Löfgren realmente notable, es una gozada el trabajo de Dagny Lind como Ingeborg, verdadera alma de la película, cuyos gestos, miradas, silencios y réplicas pertenecen a la más vigorosa galería de logros estéticos de Bergman, en cuyas manos los intérpretes parecen verdaderos instrumentos emocionales, expresivos y perfectos, capaces de tocar cualquier nota anímica. La bella fotografía en blanco y negro y con formato tradicional 1.37:1 de Gösta Roosling, y la aún más bella música de Erland von Koch, que debutaba en esta disciplina en esta película y cuyo trabajo ha sido alabado e imitado muchos años y en muchas películas, terminan por redondear esta pequeñita pieza de cámara, tan humilde y balbuciente como prometedora, tan carente de riesgo formal como presidida por el anhelo de mayores conquistas estéticas

Conclusiones

Aunque poco conocida y bastante de principiante, merece la pena ver esta película, y mucho, por ser su primer retrato femenino, y no de poca entidad, así como su primera reflexión sobre los límites del teatro y el cine. Todo bergmaniano de pro debería verla varias veces y luego contrastar el tratamiento de los mismos temas en ‘Fanny y Alexander’ (‘Fanny och Alexander’, 1982), su última película “oficial”, o en ‘Gritos y susurros’ (‘Viskningar och rop’, 1972) o, incluso, en ‘Un verano con Mónica’ (‘Sommaren med Monika’, 1953), y percatarse de su evolución y, al mismo tiempo, de que siempre fue el mismo.



mi amigo ADRIAN MASSANET escribe en blog de cine, de donde he extraído toda la entrada íntegra, y puedes verlo pinchando aquí

miércoles, 18 de mayo de 2011

Adrián Massanet, un monstruo del cine.


De entre las muchas actrices deslumbrantes que trabajaron en Hollywood durante los años cuarenta y cincuenta (considerados, no sin falta de razón, como la época más fructífera del cine narrativo en Estados Unidos, al menos desde un nivel industrial) existen una serie de iconos femeninos imperturbables, áureas ninfas de un sueño de glamour que no fue tal, sino un hervidero de academicismo que drenaba el talento y la pasión bajo los despiadados focos de una mentira estética. Una de esas ninfas, más tarde transformada en una mujer muy interesante y muy sensual, fue la norteamericana Kim Novak, nacida Marilyn Pauline Novak en 1933, uno de los más míticos rostros y cuerpos y miradas de una cierta concepción y estilización del cine americano, cuando aún alguien podía creerse que las estrellas eran descubiertas por productores enamorados platónicamente de ellas, y entregados a ofrecer su belleza al mundo. Luego todo el mundo se enteró (y cuando otros nacimos, ya lo supimos) que no hay nada de platónico en el Hollywood de aquella época.


Tengo un gran amigo que escribe en el fantástico BLOG DE CINE gracias a ADRIÁN MASSANET puedo leer y entender desde una perspectiva distinta y muy profesional. Pinchando en BLOG DE CINE dareis con el artículo de Kim Novak, que ha realizado hace poco, y en consecuencia entrar al blog.

Ángel dixit.