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lunes, 5 de noviembre de 2012

Dos poemas más de Begoña Callejón







XI.

Sin mi piel y sin mis muslos. No es
culpa mía. Una fotografía se adhiere
a la cola de los genios. Acompaño
a las mujeres para que abracen sus
rodillas. La soledad transforma todas
las voces. No es culpa mía. La rapaz
me ha enseñado que la verdad no
es la verdad. La realidad palidece
en mis hombros. Las llamas de las
pesadillas mueren en mi lengua.
Un rosal agoniza bajo la grava y las
ampollas del delirio bajo la cama. La
voz del odio es lenta, el sufrimiento
veloz. Un billete de tren en la blusa.


XVII.

Y me he vuelto carmesí, de
vergüenza, de dolor, de placer. Tengo
miedo de moverme. En la cama se
detienen las moscas, tiembla el suelo,
mis manos. El reloj apenas respira.
Y así, tu corazón es el peligro de
vivir de nuevo. Como la voz de un
niño perdido, como una plantación
de tabaco, te arrojaste a la orgía del
atardecer. Versos ateridos, papel
húmedo, dedos de espejo. Te paseaste
por los barrios malsanos. Tu cuello
roto. Bebo la sangre de tu boca, sin
excusa, sin ardor. Me tragaré los
sueños coagulados.



viernes, 2 de noviembre de 2012

Dos poemas de Begoña Callejón, magníficos


I.

Sylvia, me llaman, un nombre que
me oprime hasta la muerte. Las
abejas, obstinadas, disfrutan de mi
cuerpo despreciable. Como una
marioneta sin hilos noto la ausencia,
de calaveras, silencio y pájaros azules.
Nadie me protege de las sombras,
siento unos nudillos en la espalda,
como un animal me vuelvo y lo
acuno entre mis brazos. Aguanto
la respiración mientras los gigantes
de la pared se desvanecen. Una vez
que has visto al diablo, ¿qué puedes
hacer? comer moscas, emborracharte
de úteros, clavarte púas como tortura.



VII.

Los dolores del parto no son míos,
son tuyos. Un bebé grita en algún 
lugar. No soy mortal. Los adulterios,
como cordón umbilical, sonríen
al relámpago. Hilo a hilo tejes las
partículas del aire. Abre tu boca
repleta de falsedades. Tengo las 
manos llenas de muerte. Tatúo
una y otra vez los vaivenes de mi
cerebro. Plath, soy un grito de dolor,
de ausencia, no una muñeca feliz en 
su cocina. Cánceres en los árboles,
piedras en el camino, espejos donde
me escondo con las piernas cruzadas.