Mostrando entradas con la etiqueta Lo que dicen de uno. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lo que dicen de uno. Mostrar todas las entradas

miércoles, 17 de abril de 2013

El Ulises en Culturamas




Trato de ponerme del lado de todos, parte del prólogo de Ana Pérez Cañamares.
Por lo que conozco a Ángel no podía haber elegido versos más reveladores para comenzar su poemario. Una de las primeras impresiones cuando se conoce a Ángel es que se trata de un tipo afable y conciliador; al leerle, la primera cualidad que destaca en su mirada es la de ser profundamente compasiva.
Pero la vida, esa profesora cabrona que te enseña a base de palos, se ha encargado ya de hacerle entender algo: es necesario elegir. Una cosa es comprender –ese tratar de ponerse del lado de todos– y otra muy distinta es justificar. Quien justifica todo acaba por ser injusto. No se puede estar con los yonquis y con el cura que los echa de la iglesia; no se puede estar con tu padre y con los que le dieron una paliza y lo tiraron al río. Así que Ángel se ha arriesgado a tomar partido –en realidad lo hizo hace mucho tiempo, aunque él se empeñara en seguir aspirando a la neutralidad–, a ponerse de parte de los débiles, no de forma paternalista ni políticamente correcta, sino huyendo de tópicos e idealismos, haciéndolo a la manera de los auténticos valientes: mostrando, para empezar, su propia debilidad, sus contradicciones, sus egoísmos y cobardías. Y el que esté libre de pecado, por favor, que no escriba poesía.
Ángel –siempre con vocación de minoritario: elegido el último para los partidos de fútbol, vocacionalmente indio en las batallas entre vaqueros y pieles rojas– a pesar de todo ha crecido sin rencores. Podría haber renegado o haberse conformado con su esencia de animal de periferia: pero si eres listo –y alguien que recuerda con detalle, probablemente lo es– lo que harás será apostar fuerte. Y cada superviviente que cuenta su historia es una victoria para los que estamos deseosos de aprender y recordar de su mano.
Hay nostalgia en este viaje, pero no una nostalgia sin condiciones: quizá las mejores meriendas eran las de antes, pero los viejos amigos pueden haberse convertido en perfectos gilipollas. El viaje a Ítaca no es un camino idílico, ni siquiera en sus primeras fases; si se es honesto con los recuerdos, tampoco el regreso a la infancia es un viaje de placer. Ángel se piensa muy bien qué vale la pena guardar en la mochila, para que sea lo menos posible lo que le lastre en el viaje.
Y en este viaje con poca carga, la poesía se desnuda también, sin apenas lirismos ni figuras retóricas. Es en el propio relato cuando los hechos aislados, al sumarse, se convierten en otra cosa, en un discurso con un sentido más profundo. Las anécdotas se van tejiendo hasta convertirse en metáfora que las supera y enriquece. En su poema los indios son indios, pero unos cuantos poemas después, caemos en la cuenta de que los hay que siempre seguirán siendo indios, como siempre habrá alguien que les recalifique la pradera, les extermine los bisontes, los recluya en reservas y encima les acuse de ser diferentes y autoexcluirse. Sobre los pantalones su madre remienda parches fruto de las peleas con los otros críos del barrio, pero los parches se van convirtiendo en cicatrices, unas más visibles que otras, como la que cruza, mira por dónde, el dedo corazón, ese dedo que tiene un bonito nombre, pero que sirve para mandar a tomar por culo a los indeseables. Las pelotas que los chavales mayores mandar recoger a los pequeños son también las pelotas que les faltan a esos aprendices de matones para jugarse la vida o las rodillas. La anécdota se convierte en mucho más, por obra y gracia de las conexiones entre las palabras, entre las historias, y terminan por sobrevolar lo personal para hablar de todos. Y así, cada anécdota acaba siendo un parte de guerra.
Es de esta manera, con estas relaciones entre el poema y algo más, y las de los poemas entre sí, como este libro captura la esencia de la poesía. Porque para mí la poesía es sobre todo la expresión de las ligaduras que unen las cosas de este mundo (y los que quieran pueden hacer una lectura mística de esta idea, aunque no sea necesario irse tan lejos). Por eso, la poesía tiene esta capacidad de salvarnos del vacío: porque lo que hace es lanzar hilos y tejer redes entre los seres, los objetos, las ideas, las emociones. Redes que se convierten en redes de apoyo, de denuncia, de consuelo. La poesía expresa el eco de las voces que se llaman para curarnos de la soledad, para cantar la maravilla y llorar el horror de vivir esta vida bella y terriblemente injusta. Por eso este libro es poesía: porque teje una red que salva del silencio y la invisibilidad a seres vulnerables y asustados. Tiende cuerdas entre recuerdos y reflexiones, entre pasado y presente, entre razones e impulsos, entre los que nos creemos a salvo y los que ya han sido condenados –reivindicados aquí, al convertirse en poema.
Ángel ha optado por no maquillar sus palabras, y hay en su desnudez un punto de crueldad con el lector; para nuestro consuelo, lo equilibra con una sencillez que acompaña sin arrogancias. No se pone por encima de nadie, va al paso con el lector, no se convierte en héroe: el único heroísmo es estar aquí y contarlo todo, hablar del del Chichas y el Binchu que fuimos, de los que se perdieron y lo que perdimos, y recordar que si hoy hemos llegado hasta aquí se debe a las elecciones que tomamos, pero también a los azares que nos favorecieron. Y así será en cualquier camino a Ítaca: seguir decidiendo, seguir exponiéndonos a la suerte.
(…)
egoísmo
ahora
que la gravedad
no me atrae
a su seno
mi madre
llama
a diario
para hablarme
de su mierda de vida
de lo que no hizo
de la rebeldía incontrolada
que escondió
en un rincón de casa
y ahora
no sabe
cuál era
de la falta de oyentes
que se hagan eco de sus palabras
de mi abuela
muda de lágrimas
y posesiva inconsciente
el otro día
quise colgarle
el teléfono
pero no pude
tampoco
explicarle
que mi existencia
no era mucho mejor


entrada extraída de CULTURAMAS

De un amigo a otro: Palabras de Beny Vargas






Niñez.
Ahora que mi niñez se me antoja utopía y sé que esos mediodías nunca volverán a ser iguales. Ahora que me vislumbro jugando con los perros en el río del pueblo, mientras los abuelos vigilan sonrientes desde la orilla.

Olas de melancolía me transportan a Veranos de luz y color, de ilusión, henchido de vida y de naturaleza. Correteo por mi memoria igual que lo hacía entre los campos de trigo; me escondo tras estas letras como si fuera esa cabaña que construí en lo alto de un olivo.

Son recuerdos borrosos, pues no eran tiempos de memorizar. Son recuerdos de sensaciones, como quien rememora el sabor de la felicidad más absoluta.

Vagando por las callejas empedradas, franqueadas por altos muros blanqueados con cal, sombras intermitentes de las higueras y el olor del lavadero con el cacareo de las mujeres. Escucho el borboteo del agua que mana de la fuente, allí en la plaza, donde también repiquetean las campanas de una pequeña iglesia. Ruido de dominó y fuerte olor a puro ahora que vuelvo a pasar por delante del bar. Atrás dejo a los hortelanos trabajando la tierra con un sombrero de paja deshilachado y el rítmico silbido de la azada cortando la tierra, sembrando las cosechas del Invierno. Ásperos chirridos de las cigarras invaden el ambiente y lo endulzan con el inconfundible aroma del calor sofocante. Quema en mis hombros desnudos el mismo Sol que obliga a los perros a tumbarse en cualquier sombra y jadear pidiendo clemencia, espantados por una señora ataviada con un delantal manchado de harina y una escoba cuyo sonido al barrer lo acompasa con el jolgorio del resto del pueblo.

Inspiro fuerte y me embriaga el denso calor de Andalucía.

Ya a lo lejos oigo a mi abuela llamarme a gritos para comer, como si las distancias pudiesen salvarse con la nueva de un plato caliente. Que se puede. Con la parsimonia propia del que no tiene prisa porque vive en la pausa del Verano, y la celeridad que caracteriza a un chiquillo hambriento y risueño, ruedo por las tortuosas calles del pueblo para encaminarme a la casa y a su frescura, al calor de la familia y a la fiesta de una comida.

Casi puedo sentir el aroma a pino y a limo de las orillas del río flotando en el aire mientras lo atravieso corriendo a toda velocidad. Casi puedo ver el colorido de las flores que custodiaban el pórtico de la casa. Puedo incluso saludar a ese venerable anciano, sentado en el soportal del cobertizo del huerto, descansando tras una dura jornada en el campo.

Regreso a esta Primavera, de vuelta al tiempo presente, y resbala una lágrima y una sonrisa se dibuja en mi rostro. Siempre conservaré esta nostalgia impoluta. Ordeno los folios y me alejo lentamente de la sombra del ciprés. Sector H, 327-375, reza en una placa situada en la esquina de un muro.

Ya a lo lejos oigo a mi abuela llamarme a gritos para comer, como si la muerte pudiese salvarse con la nueva de un plato caliente......

Para mi Canijo Ángel A Secas...




Gracias Beny Vargas