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lunes, 22 de abril de 2013

Dos eventos de interés: TALENTURA Y BÁRBARA BUTRAGUEÑO



Con motivo de la Noche de los Libros, el Martes 23 de Abril a las 20 horas, en El Dinosaurio todavía estaba allí, lectura de relatos de de Alena Collar, Daniel Díaz y Manu Espada.




La poeta Bárbara Butragueño presenta el viernes 26 de abril su libro "Incendiario", el primero que publica aún siendo el cuarto que escribre. Será en el Ateneo de Madrid a las 21.30 horas y dentro del Ciclo Los Viernes de la Cacharrería que coordina Miguel Losada.
La edición viene de la mano de Polibea, un Centro Especial de Empleo para personas con discapacidad. Dirigida por Juan José Martín Ramos, su principal actividad es la editorial homónima, en la que trabajan personas con parálisis cerebral. Polibea ha publicado entre otros a Juan Antonio Marín, Isabel Bono, Javier Lostalé o Ana Rossetti. Incendiario se publicará dentro de la colección "Los Conjurados"


domingo, 25 de noviembre de 2012

UNA NAVIDAD DE MUERTE. ORIGAMI



Muy pronto en Origami, una antología de relatos de terror navideño, en los que lo sobrenatural se mezcla con lo cotidiano, y donde la vida y la muerte están separadas por una línea apenas imperceptible.
La antología, coordinada por Jorge Barco, incluye relatos de los siguientes autores:
Norberto Luis Romero, Jesús Esnaola, Víctor Balcells Matas, José Ángel Barrueco, Ana F. Montes, Vicente Muñoz Álvarez, Jesús Martínez Balmaseda, Joaquín Piqueras, Sonia San Román, Patxi Irurzun, Miguel Á. Hernández-Navarro, Jorge Barco, José Manuel Vara, Juanjo Ramírez, Pepe Pereza, Celia Novis y Julio César Álvarez

Características técnicas
Título: Una Navidad de muerte
Fecha de publicación: 22 de noviembre de 2012
Tamaño: 16x23 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
Páginas: 220
Precio: 14 €
ISBN: 978-84-940482-8-9

htt://www.editorialorigami.com/tienda/

domingo, 16 de septiembre de 2012

LOS BOCADILLOS de Pepe Pereza








Vamos conduciendo. Debido a la hierba que estamos fumando nos entra un hambre cruel, así que paramos en el primer pueblo que encontramos. A la primera persona que vemos le preguntamos por un sitio para comer. El aldeano nos dice que sigamos calle arriba y daremos con, según pronuncia, el bar “Keroa”. Andamos hasta llegar a un local con amplia cristalera llamado realmente “Kerouac”. Entramos y echamos un vistazo a los expositores de la barra, sólo hay bolsas de patatas fritas, cortezas y algún que otro dulce. Nosotros queremos algo más consistente y que además esté caliente. Pregunto a la camarera, una señora de unos sesenta años, bajita y desenvuelta. Nos dice que sí, que la cocinera nos puede preparar unos bocadillos. Los elegimos de lomo a la brasa con pimientos del Piquillo. La camarera entra en la cocina para comunicar el pedido a la cocinera. Aprovechas para ir al servicio, yo opto por amenizar la espera con el humo de un cigarro. El bar es amplio y pasado de moda, bien iluminado gracias a la gran cristalera que deja entrar la luz diurna. Los parroquianos habituales son unos pocos jubilados que repartidos por las mesas del fondo juegan a las cartas o al dominó. Es el típico bar de pueblo. De pronto, un anciano que está sentado al fondo vomita sobre su mesa. Lo hace con toda la naturalidad del mundo, como si fuera una costumbre arraigada y respetada por todos. El resto de los presentes se apartan con muecas de asco. El anciano se levanta y sin hacer caso de los comentarios y las recriminaciones abandona el local. Las protestas llaman la atención de la camarera que en estos momentos sale de la cocina. Al ver la vomitona se lleva las manos a la cabeza y se santigua. Sales de los servicios y te detienes para observar cómo la camarera echa el grito al cielo y entra en la cocina sin parar con sus aspavientos. Cuando descubres el motivo y ves los vómitos se te escapa una arcada. Vienes a mí sin creerte lo que has visto.
- Está todo lleno de sangre.
- ¿Sangre?
- Sí, sangre.
- ¿Estás segura?
- Claro que estoy segura, la acabo de ver con mis propios ojos ¿Qué ha pasado?
- Un abuelo ha vomitado. Por eso dudo de que sea sangre. Seguro que es vino.
- Te digo que es sangre. Si no me crees acércate tú mismo a míralo…
♫♫♫♫ Suena tu móvil. Lo coges del bolso y… ♫♫♫♫…contestas. Dentro del bar no hay cobertura así que tienes que salir a la calle para poder atender la llamada.
La camarera sale de la cocina sosteniendo el mocho de una fregona. Recoge los vómitos del suelo y vuelve a la cocina con la fregona escurriendo. Me fijo en los goterones que deja en su recorrido. Efectivamente es sangre, tú tenías razón. Ese anciano debe sufrir algún tipo de enfermedad que le obliga a vomitar sangre. Me pregunto por qué la camarera no utiliza un cubo con agua y jabón para fregarlo todo como es debido. Con su acción lo único que está consiguiendo es esparcir la sangre por todo el local. De hecho, cuando sale de la cocina me sorprende de que no lleve un cubo lleno agua para acabar el trabajo de limpieza. En su lugar utiliza unas servilletas de papel y con ellas limpia la mesa que ha vomitado el anciano. Como es natural las servilletas se empapan enseguida y es inevitable que se pringue los dedos. Asisto incrédulo a la falta de higiene de la señora. Regresa a la barra sujetando las servilletas con el pulgar y el índice para arrojarlas al cubo de la basura que oculta detrás del mostrador. Después ni siquiera tiene el detalle de lavarse las manos, tan sólo se las frota en el delantal y con eso se da por satisfecha. Entras de nuevo al local.
- ¿A que no sabes quién era?
Yo no quito ojo a la camarera. Quiero ver si se lava las manos. Por mucha hambre que tenga no voy a comerme algo que ella haya tocado con las manos sucias.
- ¿A que no sabes quién llamaba?
- Ni idea.
- Mi hermana, desde Londres. Te manda recuerdos.
- Se los devuelves con un beso cuando vuelvas a hablar con ella.
No dejo de vigilar a la camarera. Tú te apoyas en la barra y te muestras impaciente, tienes tanta hambre que no puedes esperar a que nos sirvan la comida.
- ¡Qué hambre tengo! Me comería una ternera entera si me la pusieran en un plato.
Me siento tentado de comentarle lo sucedido, aunque prefiero no aguarte el apetito. La camarera entra en la cocina. Al perderla de vista ya no puedo controlar si se lava o no las manos. Me digo que sí, que se las va a lavar en el fregadero de la cocina. Trato de convencerme de que es así. Al rato sale con los bocadillos y los deja sobre la barra. Tienen una pinta estupenda. Echo una mirada a sus manos. Me gustaría vérselas mojadas, pero no es así. Se las ha secado con una toalla antes de salir, me digo. Te lanzas a por uno de los bocadillos y de inmediato le asestas un mordisco.
- ¡Hummm!, está buenísimo.
Intento dejar a un lado los escrúpulos y cojo el mío. Lo examino buscando restos de sangre. No veo nada fuera de lo normal. Le doy un mordisco, está exquisito. El pan es blando, la carne está en su punto, los pimientos también. La cocinera es toda una profesional. Lástima que la imagen de la camarera sujetando las servilletas empapadas en sangre no se me vaya de la cabeza. Al tragar siento un nudo en el estómago y tengo que hacer un gran esfuerzo para reprimir una arcada. Tú devoras tu bocata con una sonrisa en la cara. Hago un último intento por comerme el mío, lo abro y le quito los pimientos, su color me recuerda a la sangre escurriendo del mocho.
- Si no los quieres dámelos a mí.
Te los doy.
- Están riquísimos, tonto.
Intento un segundo mordisco, pero estoy a punto de vomitar. Dejo el bocadillo sobre la barra.
- ¿Qué pasa?
- No me apetece comer.
- ¿Te encuentras bien?
- He perdido el apetito. Supongo que es por los porros.
Das por buena mi respuesta y sigues comiendo. Me fijo en los goterones de sangre que han quedado en el suelo y vuelvo a sentir nauseas. Me concentro en la luz que entra por ventanal mientras devoras tu bocadillo. Cuando lo terminas sigues con el mío.
pepe pereza

miércoles, 29 de agosto de 2012

EL SUBALTERNO de Pepe Pereza







Hay días que es mejor no levantarse. Eso pensó Lucas mientras ensamblaba piezas en una cadena de montaje de una fábrica apestosa en la que llevaba trabajando más de doce años. Su tarea consistía en ensamblar dos piezas metálicas con una tuerca y una llave del 19. Debía asegurarse de que ambas piezas quedasen bien sujetas para seguir con las siguientes. Las piezas nunca se acababan, y antes de dar la última vuelta de tuerca ya estaban llegando otro par de piezas por la cinta transportadora. Tenía que realizar su trabajo a toda prisa y no podía dejar pasar ninguna pieza sin ensamblar.
Ese día en concreto estaba siendo un mal día, y lo estaba siendo porque Matías, el encargado, no paraba de tocarle los cojones.
- ¿Se puede saber qué coño te pasa esta mañana? Estás dormido Lucas. A ver si espabilas.
A Lucas no le pasaba nada. Trabajaba al ritmo de todos los días, es decir, a toda hostia. Pero Matías esa mañana se estaba desahogando a placer con el pobre Lucas. Éste guardaba silencio. Haciendo caso omiso de los comentarios despectivos de su encargado. Concentrándose única y exclusivamente en hacer su trabajo lo mejor posible.
- Me cago en Dios, Lucas. Esa pieza va floja. Repásala.
Lucas repasó la pieza.
- La pieza está bien.
- Ahora vas a saber más que yo… Venga joder, que no tenemos todo el día.
Claro que él sabía más. De hecho llevaba doce años haciendo el mismo trabajo y sabía que para que las piezas quedasen bien ensambladas había que darle cinco vueltas a la tuerca. Ni una más ni una menos. Cinco vueltas, que son las que había dado. Pero si Matías decía que había que comprobar la pieza, se comprobaba y ya está. Lucas siguió con su trabajo. Tratando de recuperar el tiempo que le había hecho perder el encargado.
- Espabila Lucas.
Lucas se preguntaba por qué Matías la había tomado con él. Él era un buen trabajador. Nunca había faltado a su trabajo. Siempre puntual. No causaba problemas y se llevaba bien con todo el mundo. Con todos excepto con Matías. Y que conste que no era por su culpa. Él siempre fue cortés y educado con Matías. Nunca le faltó al respeto y siempre obedecía sus órdenes. No, Lucas no podía entender la antipatía que Matías sentía por él.
- Venga joder, que estás dormido.
Lucas sudaba a mares a causa del esfuerzo y la presión. Maldijo su suerte por dentro, tragándose el orgullo y la vergüenza de ser humillado delante de sus compañeros.
- ¿Qué pasa? ¿Te pasaste la noche follando con la parienta y ahora no rindes?
A Lucas le hubiera gustado decirle que eso no era asunto suyo. Prefirió callarse. Tenía miedo de dejarse llevar. Temía despertar a la bestia que durante tanto tiempo había encerrado en lo más profundo de su ser. Sí, era mejor callarse y aguantar. El tiempo pasaría y podría regresar a casa con su mujer. Por unas horas podría olvidarse del trabajo y del malnacido de su encargado.
- ¿Se puede saber en qué cojones estás pensando? Métele caña, joder. Que en vez de sangre parece que tienes horchata.
Aguanta Lucas, aguanta. Solo es un mal día, ya has tenido otros y los has superado. Aguanta. Solo unas horas más y regresarás a casa. Podrás servirte una copa y sentarte junto a tu mujer en el porche. Y ahí estaba Lucas, ensamblando la pieza de turno. Sudando como un condenado. Con calambres en espalda y brazos. Con el orgullo dolorido y haciendo todo lo que estaba en su mano para aguantar los envites de su jefe.
- ¿Seguro que esa pieza va bien?
- Seguro.
- Revísala.
- Te digo que va bien.
- Y yo te digo que la revises, cojones.
Lucas obedeció y revisó la pieza a sabiendas de que estaba bien.
- Está bien, como te he dicho.
- Date caña que se te pasa esa otra pieza.
Cada pieza que tenía que revisar le retrasaba con la siguiente. Lucas tuvo que esforzarse al máximo para volver a coger el ritmo. Su trabajo de por sí era un coñazo, pero con Matías encima llegaba a ser insoportable. Lucas rogó para que el tiempo pasase rápido. Además, con tanto sudar se estaba deshidratando. Necesitaba beber agua. Tenía la botella a sus pies, pero estando Matías cerca era mejor aguantar. Lucas estaba seguro que si hacía mención de beber agua, Matías se lo iba a reprochar. Prefería pasar sed que aguantar otra de sus broncas. Siguió con su trabajo a pesar de tener la lengua seca como un felpudo. Ni siquiera podía beber un trago de agua sin que se lo recriminasen.
- ¡Me cago en Dios! Lucas. Estate atento, no ves que esa no está bien.
- Esa pieza está bien, como lo estaban las otras.
- Que no me repliques, joder. Tú haces lo que yo te digo y basta.
Lucas dejó la llave a un lado y se agachó a por la botella de agua.
- Deja la puta botella y revisa la pieza.
Lucas se quedó mirándole, sopesando si debía partirle la cara o continuar tragando mierda.
- Te digo que dejes la botella y revises la pieza.
Lucas dejó la botella en el suelo, cogió la llave y revisó la pieza.
- La pieza está bien.
- Pues me alegro, pero métele caña que se te acumula el trabajo.
- Si no estuvieses tocándome los cojones seguro que no se me acumulaba.
- A mí me pagan para tocarte los cojones.
Las piezas se acumulaban y él no podía más. Le dolían los músculos de la espalda, tenía las manos entumecidas, la frente perlada de sudor y la boca seca.
- Vamos Lucas, vam…
Lucas no fue consciente de asestar el golpe. Solo escuchó un crujido. Un crujido sordo como el reventar de una nuez. Matías cayó al suelo con la cabeza abierta. Lucas dejó la llave manchada de sangre sobre la cinta transportadora y la observó mientras se alejaba. Luego cogió la botella de agua y bebió hasta saciar la sed.

® pepe pereza (Momentos extraños) 
 
 
extraído de su blog aquí

domingo, 19 de agosto de 2012

Chucki, Bowles, la homosexualidad y el escándalo








"Paul tiene una libido muy débil" o "simplemente, el sexo no era importante para él" son las opiniones de su amigo Virgil Thomson, quien, como otros amigos de Paul y Jane, duda de que la pareja haya tenido alguna vez relaciones sexuales. Y Millicent Dillon afirma al respecto que Paul le confesó haber tenido relaciones sexuales con Jane durante dos años y medio, y es que para Bowles el sexo no dejaba de ser pecaminoso. Además, siempre ha tenido miedo de que lo violen, sobre todo en un hamman, porque si a él le seduce la homosexualidad, es únicamente para sublimarla y hacer de ella una abstracción, una mera idea con el fin de escaparse de lo físico. En una carta dirigida a su amigo Bruce Morrisette escribió: " El tema de la homosexualidad me cautiva de la misma manera que lo hacen los crímenes sangrientos, las violaciones y las historias de drogadictos. Todos estos asuntos nos despiertan sentimientos porque tienen ese carácter melodramático. Son una lucha. ¿Quién no daría unos años de su vida a cambio de poder estrangular a alguien sin recibir castigo alguno, quedando impune [...]?".


fragmento extraído de la novela PAUL BOWLES, EL RECLUSO DE TÁNGER de MOHAMED CHUKRI

martes, 10 de julio de 2012

EL RÍO, EL ÁRBOL Y LA MUCHACHA por Adrián Massanet



Una vez soñé algo que luego he recordado durante muchos años. No estoy seguro de en qué momento exacto tuvo lugar ese sueño, pero lo más probable es que yo fuera muy pequeño. No tendría mucho más de cinco o seis primaveras. De lo que estoy seguro es que solamente lo he tenido una vez, este sueño que voy a contar, mientras otros han sido mucho más recurrentes. Y sin embargo sus imágenes se me han quedado marcadas por algún extraño hechizo de la mente…
Caminaba yo por un parque, un parque urbano, que luego se transformaba en un bosque. Es decir, que desaparecía cualquiera rasgo de la ciudad. A través de ese bosque llegaba a un río. Era un río muy agitado, muy bullicioso. Y, detrás de él, en la otra orilla del río, había una figura femenina. Se encontraba apoyada contra un enorme tronco derribado y cuyas raíces se levantaban muy cerca de la orilla del río. Ella estaba apoyada contra ese enorme tronco, mucho más alto que ella, y que poseía ramas también enormes, sinuosas. Esa figura femenina me saludaba. Yo, sin embargo, no conseguía ver su rostro. ya fuera por la luz del sol, que a su altura ofrecía algunas sombras mientras a mí me cegaban sus reflejos contra el agua, o bien por la distancia, que era la justa para no distinguir sus rasgos faciales. Creo que era una mujer, o una chica, de pelo castaño.
Me saludaba y me decía que fuera hasta allí. Y yo, hechizado por su presencia, estaba seguro de que debía ir hasta allí, pero no podía cruzar el río a nado. Así que me proponía encontrar un puente para llegar hasta ella. Subí por la orilla del río, en sentido opuesto a donde se encontraba ella. Y no encontraba ningún puente. Así que seguía subiendo. Caminaba tanto que el sol bajaba y llegaba el atardecer. Al fin, encontraba un puente, una pasarela sin barandilla ni apoyo de ninguna clase, que se balanceaba peligrosamente. Pero conseguía pasar, bastante atemorizado. Y a continuación bajé en sentido opuesto deseando ver la cara de aquella muchacha o mujer que me saludaba y que me resultaba tan intrigante.
Pero me perdía. Ni siquiera encontraba el árbol derribado. Caminaba hasta más allá del bosque y llegaba a una zona de colinas totalmente solitaria. Dejaba muy atrás el río. Se hacía de noche. Cuando estaba a punto de desfallecer de sueño, encontraba una valla, cerrada por un portón enorme de hierro negro. Y, detrás de esa puerta, una enorme mansión, también negra. Y en ese momento me quedaba dormido dentro de mi sueño.
A veces pienso en esa chica con el rostro borroso que no soy capaz de ver con claridad. También pienso en el tronco derribado. A menudo me he encontrado troncos caídos en bosques o en campo abierto, y el sueño vuelve otra vez a mí, como si ahora pudiera tocarlo. De modo que toco el maldito tronco caído que me encuentro en alguna parte y me vuelvo a sentir un poco más adentro de mi sueño, de aquel sueño.
Cuento este sueño porque estoy convencido de que no se sueña esto o aquello por el mero azar. Dicen algunos que los sueños son nada más que imágenes que el cerebro guarda y luego ordena a su antojo hasta formar muchas veces narraciones que nos hipnotizan y a las que es fácil encontrar símbolos o metáforas de la propia vida. No ha faltado gente que me ha comentado que esa mujer es mi madre, o que explica algunos sentimientos míos acerca de las mujeres, o cosas por el estilo. También que esa mujer es la muerte (acentuado, claro, por la presencia del río…), y que algún día la encontraré, etc… Pero más que explicaciones o enigmas, más allá de que pueden ser imágenes que el cerebro recolecta para mantenerse activo en las horas nocturnas, lo que me interesa es lo que hacen sentir a cada uno los sueños.
A mí, particularmente, pensar en ese sueño me ayuda a regresar, por razones que se me escapan, a las zonas más recónditas y misteriosas  y tenebrosas de mi infancia. A sentirme de nuevo en esos territorios, en los que casi cualquier cosa podía pasar. Ahora solamente sueño con mi trabajo, con mis padres, con personas a las que echo de menos y que nunca más volveré a ver, con situaciones terribles, humillantes, violentísimas, que me ha tocado vivir, con miedos, con frustraciones, o con anhelos que no sé si algún podrán cumplirse.
Es decir, ya no sueño. Ya no soy libre. Y cuando era un enano cabezón y feliz (porque era muy cabezón) tenía unos sueños acojonantes.


OTRO FORMIDABLE ARTÍCULO DE MI AMIGO ADRIÁN MASSANET. AMÉN DE SU SUEÑO QUE NOS NARRA Y SOBRE EL QUE REFLEXIONA, ME PARECE UN RELATO CORTO DE UNA MAESTRÍA TREMENDA.

sábado, 7 de julio de 2012

EL PUTO AMO by Pepe Pereza


Paulino había sido un subordinado toda su vida. Sus escasos estudios le impedían optar a algo mejor. Con el tiempo había asumido que seguiría así hasta que la jubilación lo apartase de su oficio. Hasta que llegase ese momento seguiría limpiando oficinas. Como era el último mono, cualquier pichicato podía ordenarle fregar lo que otro había ensuciado. Y él se veía obligado a obedecer sin dejar de sonreír. Tantas horas de sumisión alteran el carácter y la personalidad de cualquiera. Lo vuelven débil y cobarde. Llega un momento en el que agachar la cabeza ya no importa demasiado. Te convences a ti mismo de que lo que realmente importa es la nómina. Al final, en lugar de protestar por tus derechos más legítimos, hundes la mirada en el suelo y dejas que cualquiera pase por encima de tu orgullo. Pero Paulino tenía un método, una válvula de escape: Sadomaso. Acudía a aquellos locales una vez por semana. En cuanto se calzaba la máscara de cuero se transformaba en un tipo dominante que dando órdenes sin titubear sometía a su sierva. Si no era obedecido de inmediato sacaba la fusta y azotaba las nalgas de la mujer hasta hacerlas sangrar. Entre aquellas cuatro paredes él era el puto amo. Con la máscara de cuero él ostentaba poder. Un poder de alquiler y pagado de antemano, pero néctar vigorizante para su dignidad. La puta lamía literalmente sus botas mientras él, henchido de satisfacción, le gritaba:
- ¿Quién es tu puto amo?
- Tú y solo tú.
Paulino era consciente de que todo era un juego, no obstante las palabras de la puta le sabían a gloria bendita. Allí, él era un h-o-m-b-r-e.
- ¿Quién es tu puto amo?
- Tú y solo tú.
- ¡Dilo más alto!
- ¡¡TÚ!!
- ¡Más alto, qué te oiga todo el mundo!
- ¡¡¡TÚ, TÚ Y SOLO TÚ!!!
Entonces eyaculaba en la cara de la fulana.
En cuanto se quitaba la máscara Paulino dejaba de ser altivo y volvía a su personalidad habitual, es decir, un tipo mediocre y apocado.
Al día siguiente, mientras pasaba la fregona, pensaba en su sierva recibiendo el esperma en la boca. Entonces su pene se levantaba como un puño en alto. Un inhiesto estandarte con el que protestar por tanta servidumbre. Y ya que él se tenía que doblegar a diario, en compensación y por justicia que su polla hiciera lo contrario.
Texto: pepe pereza
Ilustración: Pedro Espinosa
 
 
EXTRAÍDO DE SU BLOG ASPEREZAS

martes, 19 de junio de 2012

Baco/ Pepe Pereza/eventos y libros




Mañana, mi colega Baco (Esteban Gutiérrez Gómez) estará en los Diablos para hacernos ver, al que todavía no lo lograse, la realidad asquerosa que nos circunda y tanto apesta.





Sábados literarios de Logroño. En ellos estará mi colega Pepe Pereza del cual pongo a continuación una entrada entera sacada del blog de David González:






Todo lo que tenía que decir sobre este libro de relatos del escritor Pepe Pereza ya lo he dicho en el prólogo, así que, sin más preámbulos, paso a postear el principio de algunos de ellos:






Así da comienzo El robo:
Todo el mundo se jactaba de haber robado en esos grandes almacenes, de hecho, Simago era conocido comúnmente como Simango. Por aquel entonces no había alarmas electrónicas y sólo se contaba con la eficacia de los vigilantes para evitar los hurtos. Todos presumían de lo fácil que era llevarse algo de aquellos grandes almacenes. Yo no, jamás había robado nada en Simago, entre otras cosas porque mi padre trabajaba allí, en la sección de carnicería, y no era cuestión de poner en peligro su puesto de trabajo. Robaba en otros sitios.
Era verano y en el colegio nos habían dado vacaciones. Yo tenía trece años y empezaba a aficionarme a los cómics y a los libros de aventuras. El problema era que tanto unos como otros estaban fuera del alcance de mi economía. La paga que me asignaban mis padres era ridícula y por mucho que me empeñase en ahorrar nunca lo conseguía. Para hacernos con los números que salían de Spiderman y otros superhéroes, mis amigos y yo acudíamos a la librería Balmes, un sitio pequeño con un solo dependiente. Le pedíamos que nos sacase los cómics de la colección Marvel, el dependiente dejaba una pila de revistas encima del mostrador y nosotros nos lanzábamos a escudriñar las portadas en busca de esos números que no teníamos. Cuando localizábamos algo lo escondíamos entre la cintura y el pantalón, ocultando el resto con la camiseta. Éramos tan hábiles que el dependiente nunca nos pilló.
 
 
 
 
 
Así da comienzo Eligiendo un camino:
1982. Acababa de cumplir dieciocho años. Mi pelo largo, muy largo, y mi ropa extravagante le decían a todo el mundo que era el rebelde más insurrecto del planeta. Mis bolsillos daban cobijo a cuantas drogas caían en mi poder: hachís, speed, coca, LSD, pastillas..., excepto heroína, todo lo demás era bien recibido. En esos tiempos la vida era maravillosa, incluso sin drogas, pero ya que las había las tomábamos. No sabíamos de límites. Todo era nuevo y las sensaciones las desvirgábamos día a día. Los caminos estaban por andar, sólo era cuestión de elegir uno. Nosotros siempre escogíamos el de la diversión y la aventura. Padres y educadores nos prohibían hasta el respirar, mientras que nuestros escritores favoritos nos daban alas para volar por encima de todas las prohibiciones. Por supuesto, hacíamos oídos sordos a las palabras de nuestros progenitores y nos tomábamos al pie de la letra las enseñanzas de gente como Kerouac o Bukowski. Cuanto más nos prohibían los primeros, más caso hacíamos a los segundos. Éramos jóvenes y rebeldes, ¿qué otra cosa podíamos hacer?

 

 


 
 Así empieza Últimas escenas en Barcelona:

Estábamos rodando una película en los alrededores de Teruel. No era una película con un gran presupuesto pero el guión era bueno y yo era el protagonista, ¿qué más podía pedir? Dado que en Teruel el tiempo había cambiado y que la lluvia no cesaba, el director ordenó al equipo trasladarse a Barcelona para rodar unas escenas pendientes. Yo no participaba en dichas escenas, no obstante viajé con los demás hasta la Ciudad Condal. Barcelona era de mis ciudades favoritas y no quise perderme la ocasión de visitarla. Debido a lo precipitado de las circunstancias los de producción apenas tuvieron tiempo de conseguir habitaciones para todo el personal y a mí tuvieron que hospedarme en un viejo hotel de tercera categoría.
- Oiga, en las sábanas de mi cama hay sangre.
Me quejé al recepcionista.
- ¿Cómo dice?
- Digo que las sábanas de mi cama están manchadas de sangre.
No es que hubieran degollado a nadie, tan sólo eran unos pocos goterones, pero no era cuestión de dejarlo pasar.
- ¿Suya?
- No.
- Entonces, ¿de quién es la sangre?
- ¿Cómo quiere que lo sepa? Yo acabo de llegar. Ustedes me han dado esa habitación. He deshecho la maleta, me he aseado y cuando he apartado la colcha con la intención de tumbarme un rato, he visto que las sábanas estaban manchadas de sangre.
Pepe Pereza. Relatos del humo (y hachís). Editorial Origami, febrero 2012. Prólogo: David González. Fotografía de portada: Capear. Figura de Origami: Óscar Cardeñosa. Correctora: Adriana Bañares.



miércoles, 2 de mayo de 2012

Una conversación cualquiera



-¡ Bruce, acércate que te quiero contar una cosa!

- Buen día señol Edualdo. ¿compla?- siempre sonriendo.

- No, hoy no. Dile a tu amiga, la muñequita, que se vaya a dar un pirulo que quiero estar contigo a solas- señalando con la mano la puerta de salida.

- Plima ve casa. Luego llamo.


Se quedaron solos. Era el momento de atacar. Ahora o nunca.

-¿ Últimamente te han atracado bastante Bruce?- preguntó-. Te han llegado a poner el ojo como una berenjena, ¿verdad?.

- ¿ Qué sel belenjena?- quiso saber el Bruce.

-¡ Joder Bruce, a lo que estamos coño!, ¿sabes kárate o no?, vamos ¿que si repartes hostias?

- No no, señol Edualdo. Yo sel pacícifo. Yo tenel segulo contlatado en tienda. Segulo paga todo.


Empezaba a sulfurarse. Se metió en el mostrador y agarró al chino por la pechera ahora que sabía que no tenía ni zorra de kárate.

- Yo te ofrezco seguridad- aclaró-. Quédate con la cara de los tipos que vengan a atracarte y luego voy yo a ajustar cuentas- respiró y siguió hablando con pausa para ser comprendido-. ¿Acaso tu seguro de mierda va a darles galletones a esos gilipollas cuando te roban?, no, ¿verdad?

- ¿Qué sel galletones?- dijo el Bruce sin inmutarse que el Edu lo bañaba en saliva de lo cerca que estaba y le tenía, además, pillado de la pechera.

- ¡Cagüen mi madre Bruce!- hizo por tranquilizarse-. Yo doy hostias por ti y por tus colegas de las otras dos tiendas de aquí al lado cuando os roben y a cambio solo te pido un favor, ¿lo pillas?.

- Sí señol Edualdo- empezando a estar visiblemente acojonado-. Usté dal hostias si a Bluce y amigos loban.

- Bien Bruce, bien. Y....

- A cambio yo hacel favol, ¿sí?- sin perder la sonrisa pese al canguelo.

- Lo pillas, lo pillas. Ahora te cuento el favor que quiero me hagais tú y tus colegas los Pin y Pon.

- Pelo señol Edualdo, ¿y mi segulo?- preguntó el Bruce.

-¡ Joder, maldito limón legañoso!- bramó Eduardo-. ¡Qué le den por culo! ¿entiendes?

-¡ Qué den pol culo segulo!- triunfal por haber comprendido.

- Eso, eso es colega- soltándole la pechera.

...........................................


texto inédito de Ángel Muñoz

lunes, 16 de abril de 2012

PEPE PEREZA y sus Relatos de Humo (y Hachís)



Las lecturas se me acumulan, y una que tengo pendiente es la del libro de mi buen amigo Pepe Pereza. Está claro que en cuanto lo lea lo reseñaré como es debido. Eso sí, mientras tanto copio, literalmente la entrada que sobre el citado libro hace Barrueco en su blog, como un pequeño adelanto de lo que os espera/me espera al que lo tengo entre sus manos.


Estaba conduciendo por la autopista cuando me invadió un intenso sentimiento de tristeza. Sin más mis ojos se llenaron de lágrimas que desenfocaron la visión de la carretera. Me las sequé con el dorso de la mano y traté de averiguar el motivo de mi desánimo. Indagué en mi interior. No encontré nada que fuera digno del abatimiento que sentía. No era normal que un sentimiento me afectara tanto, y más sin tener un porqué. Me di cuenta de que iba demasiado rápido y aflojé el acelerador, de ciento sesenta bajé a ciento diez kilómetros por hora. No era cuestión de perder el control por un insensato sentimiento que no tenía razón de ser. Apagué el cigarro en el cenicero y entonces tuve una premonición. Supe que mi tristeza se debía a que de un momento a otro iba a tener un accidente mortal.
[Del relato “Atrapado”]
extraído del blog de BARRUECO

viernes, 13 de abril de 2012

Antígona en la carretera de ALENA COLLAR


El arcén de la carretera está reseco, cubierto del polvo que los sucesivos automóviles van dejando a su paso. El verano en esas latitudes sureñas es un viento ominoso, que viene del desierto.

Por eso camina tan despacio, aunque ya no tiene prisa para nada.

Lleva un sombrero ridículo que la cubre  y que parece comprado en una sombrerería de hace décadas, y como anacronismo, tacones. Sin embargo el vestido en tono oscuro, es ligero y al menos no deja que el sol se cebe como serpiente enroscándose en su cuerpo.

Si alguien la preguntara, sabría que lleva tacones porque no tuvo tiempo de cambiarse de zapatos cuando llegó la balacera, cinco minutos antes de la fiesta.

Entraron los hombres a caballo en el rancho y dispararon a todo lo que se movía. Sin tiempo para explicar: su mamá tan arreglada cayó boca arriba, los ojos abiertos, desconcertados, el collar saltado por los aires, perdido entre sillones agujereados, sus hermanos, de espaldas, sorprendidos en el living-bar, botellas rotas por las estampidas, derramadas entre las piernas encogidas, los invitados en las posiciones más absurdas; parecían lagartos, pensó, y él, el Carapintada, el patriarca de la barba canosa, en su habitación, arreglado y compuesto para el baile, en un charco oscuro y pegajoso, entre el armario de espejos y el vestidor de antigua madera.
Foto de Ruy Sánchez

Ella no. Ella andaba atrás, en la zona del jardín interior, con Juancho, el hijo de las Marianas,  el guapo que la seguía a la hora de la ronda y al que hoy iban a anunciar que estaba prometida. Pero Juancho salió al oír el alboroto de la umbría y no lo vio, salvo cuando se hizo el silencio y pudo abandonar el jardín entre el absoluto vacío que la muerte deja.

Ni mirar quiso. Ya no hay más nada, pensó. Al final habían ganado la batalla. Después de veinte años de disputas, al Carapintada le había llegado el escarmiento por mantenerse al margen de la ley de la coca y no entrar en banderías.

Territorio abonado con sangre, como un destino atroz, pensó, mientras, esfinge griega de la pena, abandonaba la casa, olvidando quitarse los tacones y el sombrerito de la abuela Naula, que, como broma, había cogido para la fiesta.

Y la carretera la recibió con el sol del verano y el polvo de los automóviles que ignoran el dolor ajeno.

Camina despacio. Ya no tiene prisa para nada. Un horizonte plano, de camino adelante la lleva a ninguna parte. Se bifurca la carretera, lejos se ve una colina, traspasada, baja en ondulaciones suaves hacia un valle. Y sigue. Sigue.

Esa mujer más allá del dolor, más lejos de la vida, con ojos de Antígona durmiendo muertes impropias, sigue. Por la carretera. Solitaria. Polvorienta. Tan abandonadamente indiferente como su tristeza.



Alena Collar
 
 
EXTRAÍDO DEL BLOG  DE GACETARIOARRIBA

lunes, 9 de abril de 2012

EL TOLDO un relato de MARIANO ZURDO

 
 
 
 
 
 
 Que algo sea casi imposible no significa que no pueda suceder. Y si no, que se lo digan a Indalecio.
            Indalecio buscó algún diminutivo toda la vida para ocultar su nombre completo, pero Inda no cuajó y Lecio jamás fue una opción. Hacer referencia a la incomodidad que le provocaba su nombre quizás pueda parecer prescindible para esta historia, pero igual que cada idioma lleva detrás una cultura, cada nombre lleva detrás su fortuna o sus infortunios.
            Indalecio llevaba meses preparando el salto. Las simulaciones del ordenador no dejaban lugar a la duda, los cálculos estaban bien realizados y pocos imprevistos podían modificar la trayectoria y la velocidad de caída. Barajó muchas alternativas sabiendo que jamás podría abarcar todas. Al menos estudió las más probables y alguna de las descabelladas: un vendaval espontáneo, algún ave de mayor envergadura que los gorriones y las palomas que habitaban el barrio… El único escollo, el vértigo a las alturas, lo había reducido a un miedo controlable gracias a un entrenamiento concienzudo en las azoteas de los edificios más altos de la ciudad. Nada podía fallar y con esa tranquilidad se enfrentaba a la fecha elegida para saltar al vacío.
            E inexorablemente el día llegó. No cambió su rutina diaria hasta la hora convenida. No había motivos para hacerlo. Nadie sospechó lo que Indalecio se disponía hacer, así que la noticia posterior sería toda una sorpresa para todos los que le conocían.
            Llegada la hora Indalecio abrió la ventana, con agilidad se subió al alféizar y sin pensárselo demasiado se dejó caer.
            Hasta el piso décimo tercero todo iba bien. Según lo previsto, la cuerda de tender repleta de sábanas, como cada jueves a las cuatro de la tarde, amortiguó la primera fase de la caída provocando la deceleración necesaria para que el plan se desarrollara sin complicaciones.
            Ahora venía previsiblemente lo más complicado. Entre el décimo tercero y el quinto piso supuestamente no habría más obstáculo que el aire calmo de aquella tarde tranquila de verano. La postura de vuelo era clave e Indalecio la logró rápidamente tras recomponerse del encuentro con la cuerda y las sábanas.
            Enseguida aparecieron las macetas frondosas de la vecina del quinto, que había logrado un ecosistema verde con loro incluido en un bloque en el que primaban los cactus y las plantas de mentira. Indalecio frenó todo lo que pudo la caída aferrándose al ramaje y provocándose la dislocación de hombros y codos prevista, dislocaciones que no dolieron mucho más que la fractura de radio y la fisura de tibia que le provocó el topetazo anterior con las sábanas y un inoportuno tubo de desagüe a la altura del séptimo que hasta el día anterior no constaba como protuberancia estructural de la fachada.
            Dolorido, pero satisfecho por la eficacia de sus cálculos pese al imprevisto del séptimo, se dispuso a afrontar la última parte del descenso, relajado pues ya había pasado lo peor.
            Pero lo peor estaba por llegar y lo descubrió cuando miró hacia abajo y comprobó que el del bar procedía a cerrar el toldo con velocidad de marino experto plegando la vela mayor ante una tempestad sorpresiva. El toldo era imprescindible para que todo saliera bien, ya que debería de ejercer de manta paracaídas como las que usan los bomberos, y por su ligera inclinación debería hacerle rodar y caer mansamente a los pies de Fuencisla justo en el momento en el que ella salía cada día del bar camino de su casa acabada su jornada laboral entre fogones. Allí, magullado, por supuesto, nuevamente le declararía su amor y esta vez ella no tendría más remedio que aceptar esa ofrenda caída del cielo.
            Fuencisla, que después de probar con Fuencis, con Fuen y con Cisla decidió apechugar con su nombre entero con todo el orgullo del que fue capaz, ignoraba a Indalecio sin pudor, con escarnio, diría yo. Indalecio, enamorado hasta las trancas, le prometió que ya que ella no lo haría, él sí que caería rendido a sus pies, con una literalidad nunca jamás vista.
            Sin toldo, Indalecio se precipitó a plomo contra la acera. Lo suyo no era la improvisación y no supo cómo acomodar su cuerpo para que el choque fuera lo menos agresivo posible, y el aleteo desbocado lo único que provocó es que el aterrizaje fuera mortal y sin puntilla.
            Indalecio el Suicida, que así pasó a ser conocido en la vecindad, murió sin saber que Fuencisla ese día no salió de casa aquejada por una rara gripe veraniega. Tampoco llegó a saber que, a cambio, cayó a los pies de Rosalinda, más conocida como Rosa porque de Linda tenía poco, mujer que le persiguió toda la vida y a la que Indalecio repudió con más fiereza de lo que la propia Fuencisla había hecho con él mismo. Que algo sea casi imposible no significa que no pueda suceder y Rosalinda, desde entonces, va diciendo por ahí que es su viuda.
 
 
 
extraído de su blog que podeis ver aquí.

martes, 13 de marzo de 2012

PORTÁTIL




Las dos veces anteriores llegaron igual, sin avisar. Zhuo tenía unos conocimientos limitados de español, pero sabía de sobra que la presencia de la policía, en su tienda, no traería nada bueno.
Tecleó deprisa en el portátil, que estaba sobre el arcón de los helados pegado al mostrador, para despedirse, momentáneamente, de su novia y apagar la webcam. Hacía meses que no acariciaba la mancha sobre la frente de Xiaomei.
Casi no podía comprender lo que aquellos tíos uniformados le decían. Hablaban de cerveza, vino y demás alcohol en general. Trató de hacerles ver que llevaba semanas sin vender una gota de lo que estaba precintado. No tenía licencia para la venta pero las litronas y los cartones era lo que más dinero le dejaba. Aún así esta vez no quería pagar otra multa de 500 euros y se mantuvo firme en la decisión.
Volvieron a husmear en la trastienda, a moverse con la libertad que les otorga un arma. Entendía que era trabajo, escrupuloso trabajo. Las nauseas subían a la garganta y descendían al estómago en un vaivén continuo al ver que “violaban”, sin escrúpulos, su local. Descolocaron productos en los estantes, sacaron las latas y botellas envueltas en cinta policial, apartaron bolsas de magdalenas caducadas y él, únicamente, sonreía.
Algo de muy lejos es lo que pudo coger, al vuelo, del torrente de palabras. Contestó que sí, que era de Yinchuan, al oeste de Beijing. Aquellos dos hombres se rieron y trataron de explicarle que los tiros no iban por ahí. Minutos de mímica después acertó con lo que pretendían decirle. Había vuelto a vender alcohol. Lo negó, evidentemente. Les contó que sólo tomó prestadas unas cervezas para llevarlas a su casa, nada más.
De repente, uno de los policías empezó a gritarle apuntando con el dedo en su dirección y clavando la mirada más allá de él. Se giró y vio como el portátil seguía abierto, encendido y con la webcam en funcionamiento. Cómo hacerles ver que la cámara no estaba grabando, que era suficiente con apagarla.
No le dio tiempo. El más bajo de los dos le apartó de un empujón, mientras Zhuo no dejaba de sonreír. De un tirón arrancó los cables del ordenador y se fue con él, bajo el brazo, a la trastienda. Oyó golpes, ruidos de material machacado. Aguantó las lágrimas con toda la serenidad que podía permitirse. La cosa no se prolongó más de un par de minutos hasta que aquel tipo volvió a aparecer, y tras amenazarle con cerrarle la tienda, se marchó con su compañero.
En el minúsculo baño de la trastienda, como si de una carnicería se tratase, estaba descuartizado. Teclado por un lado, piezas metálicas y de plástico detrás del lavabo, pantalla pisoteada.
La campanilla de la puerta acarició el aire con su tintineo. Tensó los músculos dispuesto, esta vez sí, a pelear.
Se trataba de una madre con su crío que venían a comprar chicles. Echó la cortina, se acercó al mostrador y con la sonrisa en la cara les atendió amablemente.


relato corto inédito de Ángel Muñoz

miércoles, 15 de febrero de 2012

Relatos de humo (y hachís) by Pepe Pereza



Muy prontito mi amigo y colega Pepe Pereza verá publicado en papel este libro de relatos que tanto deseamos (al menos yo) de tener entre las manos.

Felicidades amigo.

Por cierto, será publicado en Editorial Origami.

Groenlandia 13 (Revista y Suplemento), siempre puntual a su cita


GROENLANDIA TRECE YA EN LA RED

Colaboraciones de: Pepe Pereza, Esperanza García Guerrero, Eva Márquez, Adolfo Marchena, Ángel Muñoz Rodríguez, Felipe Zapico, Óscar Cardeñosa, Felipe Solano, Lucia Fraga, Ana Vega, Sergio S. Taboada, Enrique Fuentes-Guerra, Ana Patricia Moya, Julio Rivera, Diana Moreno, Omar Elvir, Marce Jimena, Eva María Medina, Bernardino Contreras, Francisco Priegue, Antonio J. Sánchez, Carlos Buj, David García, Isabel Tejada, Gustavo M. Galliano, Rubén Casado Murcia y Ricardo Bórnez.

Para verla en el ISSUU:


Para verla en el SCRIBD:

                http://es.scribd.com/doc/81618381/SUPLEMENTO-GROENLANDIA-TRECE

miércoles, 8 de febrero de 2012

CUANDO VUELVA LA PANTERA de Antonio Díez

Casi la tuvimos. Porque soy un tío tranquilo y tal, pero ganas tenía de matarlo. Me echó de mi propia casa:

- Antonio, ¿pero qué haces aquí todavía, hijo de puta? ¡que te vayas! ¡que te largues de aquí!... Mira, a la mierda todo, paso de ti. He llamado a la policía...

Mi casero, que porque le debía catorce meses de alquiler se creía que podía insultarme o qué sé yo.

- ¡No te voy a abrir!

Yo estaba en mi casa, tranquilo, atrincherado. Había almacenado un par de cajas de botellas de vino, jamón al vacío para parar un tren y tres cartones de tabaco. Tenía mecha para aguantar el asedio al que me sometía cada domingo desde hacía, buff, un montón de tiempo, dos meses o más. Qué agobio de hombre. Pensaréis: qué cabrón el Antonio, que no paga el alquiler. Y no. No es eso. Yo lo quería pagar. Pero no me salía. Me surgían cosas. La vida es compleja y cuando por fin reunía el dinero para pagar aparecía Vanessa o Yolanda, o la otra gente del barrio y, sin saber cómo, la pasta desaparecía.

- A ver, don Anselmo, escuche: hoy no le puedo pagar, pero no se enfade. Venga la semana que viene.
- ¡Hijo de puta, no voy a aguantarte más! ¡La policía está en camino!

¡Y dale! Y llegó el comisario y lo mismo. Qué pesadez:

- Señor Antonio Nosequé. Salga. Inmediatamente. Es una orden.
- Señor comisario, no se preocupe. Ahora mismo salgo. Es que estoy desnudo.
- ¿Desnudo?
- Sí, pero ahora me visto...
- ¡Le he dicho que salga inmediatamente!
- ¿Quiere que abra la puerta desnudo?
- No, no... Por favor, vístase
- Pero señor comisario -oí que le decía don Anselmo- ¿No se da cuenta de que es un charlatán? ¡Tire la puerta abajo, yo me responsabilizo... o le prendo fuego a la puta comunidad entera!

Una vecina empezó a chillar.

- Está bien, está bien, negociemos. -Me dijo el comisario a través de la puerta- Creo que tengo la solución.
- ¿Qué solución? -le grité desde el salón mientras cambiaba de canal. Ponen muchos anuncios en la tele hoy en día y tanta publicidad me cansa.
- ¿Le gusta el campo?
- ¡Habla más alto que no le oigo!
- ¡QUE SI LE GUSTA EL CAMPO!
- ¡SÍ!
- Puedo ofrecerle otro piso
- ¡¿QUÉ?!
- ¡QUE PUEDO OFRECERLE OTRO PISO!
- ¿OTRO PISO?
- ¡SÍ, OTRO PISO! ¡DEJE EL PISO DE DON ANSELMO VACÍO, POR FAVOR, Y YO, EL COMISARIO ANTÚNEZ LE PROMETO QUE TENDRÁ UN LUGAR DONDE VIVIR!
- Vale, vale, no grite tanto, que ya estoy otra vez junto a la puerta
- Bueno, ¿qué me dice?
- ¿Otro piso? ¿Dónde?
- Cerca de la Casa de Campo
- ¡Qué bonito! ¿Con vistas a la Casa de Campo?
- Sí, sí... ¡En plena Casa de Campo!
- De acuerdo. Pero deme una prueba, un contrato, algo... Láncelo por debajo de la puerta

Y tardo, sí, la cosa tardó. Pero al cabo de unas horas alguien me metió un papel donde me ofrecían una  nueva vivienda. En plena la Casa de Campo, claro: una jaula tranquila y espaciosa para mí, aunque solo hasta cuando vuelva la pantera. No sonaba mal, pensé. Y mi situación era desesperada. No se me ocurrió mejor solución que aceptar. Abrí la puerta...