martes, 13 de marzo de 2012

PORTÁTIL




Las dos veces anteriores llegaron igual, sin avisar. Zhuo tenía unos conocimientos limitados de español, pero sabía de sobra que la presencia de la policía, en su tienda, no traería nada bueno.
Tecleó deprisa en el portátil, que estaba sobre el arcón de los helados pegado al mostrador, para despedirse, momentáneamente, de su novia y apagar la webcam. Hacía meses que no acariciaba la mancha sobre la frente de Xiaomei.
Casi no podía comprender lo que aquellos tíos uniformados le decían. Hablaban de cerveza, vino y demás alcohol en general. Trató de hacerles ver que llevaba semanas sin vender una gota de lo que estaba precintado. No tenía licencia para la venta pero las litronas y los cartones era lo que más dinero le dejaba. Aún así esta vez no quería pagar otra multa de 500 euros y se mantuvo firme en la decisión.
Volvieron a husmear en la trastienda, a moverse con la libertad que les otorga un arma. Entendía que era trabajo, escrupuloso trabajo. Las nauseas subían a la garganta y descendían al estómago en un vaivén continuo al ver que “violaban”, sin escrúpulos, su local. Descolocaron productos en los estantes, sacaron las latas y botellas envueltas en cinta policial, apartaron bolsas de magdalenas caducadas y él, únicamente, sonreía.
Algo de muy lejos es lo que pudo coger, al vuelo, del torrente de palabras. Contestó que sí, que era de Yinchuan, al oeste de Beijing. Aquellos dos hombres se rieron y trataron de explicarle que los tiros no iban por ahí. Minutos de mímica después acertó con lo que pretendían decirle. Había vuelto a vender alcohol. Lo negó, evidentemente. Les contó que sólo tomó prestadas unas cervezas para llevarlas a su casa, nada más.
De repente, uno de los policías empezó a gritarle apuntando con el dedo en su dirección y clavando la mirada más allá de él. Se giró y vio como el portátil seguía abierto, encendido y con la webcam en funcionamiento. Cómo hacerles ver que la cámara no estaba grabando, que era suficiente con apagarla.
No le dio tiempo. El más bajo de los dos le apartó de un empujón, mientras Zhuo no dejaba de sonreír. De un tirón arrancó los cables del ordenador y se fue con él, bajo el brazo, a la trastienda. Oyó golpes, ruidos de material machacado. Aguantó las lágrimas con toda la serenidad que podía permitirse. La cosa no se prolongó más de un par de minutos hasta que aquel tipo volvió a aparecer, y tras amenazarle con cerrarle la tienda, se marchó con su compañero.
En el minúsculo baño de la trastienda, como si de una carnicería se tratase, estaba descuartizado. Teclado por un lado, piezas metálicas y de plástico detrás del lavabo, pantalla pisoteada.
La campanilla de la puerta acarició el aire con su tintineo. Tensó los músculos dispuesto, esta vez sí, a pelear.
Se trataba de una madre con su crío que venían a comprar chicles. Echó la cortina, se acercó al mostrador y con la sonrisa en la cara les atendió amablemente.


relato corto inédito de Ángel Muñoz

No hay comentarios: