viernes, 2 de noviembre de 2012

Dos poemas de Begoña Callejón, magníficos


I.

Sylvia, me llaman, un nombre que
me oprime hasta la muerte. Las
abejas, obstinadas, disfrutan de mi
cuerpo despreciable. Como una
marioneta sin hilos noto la ausencia,
de calaveras, silencio y pájaros azules.
Nadie me protege de las sombras,
siento unos nudillos en la espalda,
como un animal me vuelvo y lo
acuno entre mis brazos. Aguanto
la respiración mientras los gigantes
de la pared se desvanecen. Una vez
que has visto al diablo, ¿qué puedes
hacer? comer moscas, emborracharte
de úteros, clavarte púas como tortura.



VII.

Los dolores del parto no son míos,
son tuyos. Un bebé grita en algún 
lugar. No soy mortal. Los adulterios,
como cordón umbilical, sonríen
al relámpago. Hilo a hilo tejes las
partículas del aire. Abre tu boca
repleta de falsedades. Tengo las 
manos llenas de muerte. Tatúo
una y otra vez los vaivenes de mi
cerebro. Plath, soy un grito de dolor,
de ausencia, no una muñeca feliz en 
su cocina. Cánceres en los árboles,
piedras en el camino, espejos donde
me escondo con las piernas cruzadas.