martes, 13 de noviembre de 2012

DOS POEMAS MÁS DE HENRI COLE


CERNÍCALO AMERICANO

Te veo sentarte erguido en mi escalera de incendios,
rasgando las vísceras de un ratón para tu cena,
como cuerdas rojas de un arpa, atragantándote un poco
con la venosa carne azulada y la cola sangrienta.
Con tu perfecta máscara de ladrón en blanco y negro
pareces un ave disecada en una vitrina,
en algún lugar entre la vida humana y la animal.
Qué lejos queda la palabra amor. ¿Puedes verme?
Soy un hombre. Nadie tiene lo que yo tengo:
mis grandes manos limpias, mis labios tristes. Ésta es mi casa:

guau-guau, grita el perro con miedo del vacío,
como yo, por eso mi alma se aferra a las cosas,
intentando crear algo ni confesional ni abstracto,
como la luna asomando entre los pinos.


AFEITADO

Estirado en la bañera, como un hombre en una tumba,
me paso la cuchilla por la cara y el cuello.
El baño está inmaculado, vacío, aparentemente
sin ningún problema; eso me gusta. Las células de mi piel
se dan calor entre sí, como racimos de uvas.
En el plateado espejo de mano, mi timidez
juvenil se ha ido ya. Me pongo de lado, acostado,
pero abierto, receptivo. Fui duro contigo;
lo sé porque me lo dijiste, pero lo
sobrellevaste bien. Árboles, mamíferos, fuego, nieve:
son como las emociones. A través de nuestros ojos 
nos llega el sufrimiento (me lo dijo el doctor),
pero ¿cómo se va, si tú miras hacia adelante
y yo estoy mirando atrás, con mi grande, desagradable
(así la llamaste) y calenturienta cabeza, finalmente estremecida?