lunes, 19 de noviembre de 2012

Última entrega de Henri Cole. Dos poemas finales



ZARCERO MUERTO

Cuando abro tus pequeñas alas góticas
sobre mi cómoda emblanquecida,
casi me asustas, como si hoy fuese mi funeral.
Poco a poco, las enzimas convierten
tu vida en una especie de licor mortuorio.
Dos moscas, como forenses, investigan tu plumaje.
Mi reloj es tu obelisco desde que esta mañana
irrumpieras en mi cuarto, extravagante como Nerón,
y entonces, sin verte en el cristal resplandeciente,
te golpearás. La noche, ¿qué luces la despejan?
Cae la lluvia. El cielo está triste. Todo lo que respira sufre.
Todavía las aguas de la aflicción nos purifican.
El soldado herido convalece. Hay vino joven y aceite.
Ahora, acepta mi pañuelo como tu mortaja.

HIMNO

Tras una noche de tormenta, con truenos,
salí a tomar un café y encontré a una mujer
en una carretilla, hablando en voz baja
a nadie en particular, el es de su vida
totalmente arrancado, su cara, una vez hermosa,
petrificada en un triángulo, y pensé:
"Lo que uno desea, ser una persona que ama plenamente,
parece tan concentrado y puro". El sol no había salido.

Los seres vivos volaban alrededor. La ciudad se movía
como una brizna verde salida de un abismo que desprendiera
penachos de vapor. Toda la gente del mundo
parecía desviar la mirada, mientras las gotas de agua caían sobre nosotros
desde los aires acondicionados y un terrible instrumento
se abatía desde un cielo azul poco profundo.