sábado, 22 de mayo de 2010

UN RELATO QUE NO SABE


sin saber

Parecía no sentirse rechazado, y eso, dadas las circunstancias, no le incomodaba.

Gorriones, hojas de árboles mecidas por la brisa, la misma que pretendía refrescarle el rostro, el tacto del césped en la nuca. Iba sumiéndose, poco a poco, en un sopor que de leve pasó a ser profundo, sabiendo que esa noche, volvería a tener bronca con Irina. Llegaría tarde a la cena, por su segundo aniversario, la criticaría su falta de aseo, sobre todo en la barba, y lo más duro sería reconocer su incapacidad para comprometerse al cien por cien.

*******

Lenin era muy novato en la tarea. No en vano llevaba currando en el tema de aislamiento de terrazas apenas dos meses. Eso sí, era avispado y como ayudante no tenía precio.

La cosa estaba jodida. Con la puta crisis, muy pocos querían colocar mamparas de aluminio en sus balcones, y los pocos que apostaban por ellos dos, lo hacían previa recomendación.

Sus clientes actuales, una pareja de ancianos, los habían contratado para que la doble capa de aluminio les protegiese del duro invierno que se avecinaba, y amenazaba, sin miramientos, sus frágiles huesos.

Los remates. Eso les quedaba. Sellar con silicona la parte superior por fuera y listos para cobrar.

Él estaba agotado y le pidió a Lenin que se encargase del tema. Lo sujetó, perfectamente, con una soga a la cintura y el otro extremo lo asió con fuerza. Era inexperto el colombiano, pero ágil como un mono. Por dos veces lo intentó, de pie, sobre la barandilla, como un funambulista sin red. Y en ambas ocasiones le resbalaron sendas extremidades. Se desesperó. Tenían que apuntalar dos ventanas, otro trabajo pendiente, en el extremo opuesto de Madrid. Y ya iban tarde.

El abuelete, el dueño de la casa, desde el salón, tras la portada de cristal que daba a la terraza, contemplaba la escena.

Lo haría él. Soltó la cuerda y así ayudar a Lenin a bajar cuando éste perdió el equilibrio. El bote de silicona, con pistola incluida, salió volando. No les quedaba otro y a esas horas las ferreterías estaban cerradas. En un acto reflejo, y asomando más de medio cuerpo por la barandilla, trató de agarrarlo, mientras Lenin recobraba el equilibrio, colándose, de un salto dentro de la terraza.

Los gorriones del césped volaron presa del pánico. La pistola de silicona quedó prendida en las ramas de un castaño. El impacto, desde el segundo, fue de órdago.

Ambulancias, policías, el móvil que no cesa con el número de Irina en la pantalla, sangre y un enfermero tranquilizándole, informándole de la poca gravedad del asunto, teniendo en cuenta lo que podía haber acarreado.

*******

No se sintió rechazado por la ciudad, por el césped del jardín, al que empapaba con su sangre, y sonreía por su suerte, por la bronca de Irina, sin saber que Lenin, discutía, más arriba, con el jodido abuelete, el cual, quería descontar del presupuesto las dos macetas, hechas añicos, que él, Igor, arrastró en su caída.




Basado en hechos reales.




Texto y foto inéditos de Voltios.

2 comentarios:

Baiba dijo...

Me gusta esta nueva faceta tuya...Un buen relato con un buen final, ya era hora :)

Jose Zúñiga dijo...

El abuelete tenía frío en invierno. Y eso que pagaba un huevo de calefacción a la comunidad. Cuando comentó el asunto con uno de sus hijos le remitió a unos colegas de farra y vino que trabajaban, dijo, por dos duros. No le dijo al abuelete que él, su hijo, trabajaba gratis recogiendo restos de obreros que trabajaban por un duro diseminados por el parque. Gratis, él, un ingeniero que sudó sangre (vampiro, él, no era suya) para acabar la jodida carrera.

....

—Y ahora qué, Julia, te han jodido las macetas.
—No te preocupes, hombre, ya buscaré un arreglo apañado. Ya te dije yo…
—Joder, y los vecinos se van a poner como hienas. No pedí permiso.
—Vale, vale, lo importante ahora son las macetas.
—No sé. Abajo hay mucho revuelo.

....

Llegó otro invierno. Pasaron frío. Llamaron a Irina. Ella les dio calor. Ellos a ella también. Sólo hubo un si es no es de cosa cuando el abuelete comentó de pasada :”Joder, mira que llamarse Lenin”. Sólo eso. Después, cenaron sopa y asumieron que no hay desigualdad en las desgracias. Sobre todo si es pobre de solemnidad, por mucha comunidad de propietarios que se meta por medio.