
Hay muchos que echo de menos después de haber tirado el último por la ventanilla del coche haciendo chispear la carretera, una noche hace años. El inevitable, por supuesto: después de follar, las dos puntas incandescentes, ahora las luces de un único barco; al final de una larga cena con más vino por venir y un anillo de humo flotando alrededor de la lámpara de araña; o en una pálida playa, sosteniendo uno entre los dedos todavía húmedos después de un baño. Qué agridulces esas pausas de llama y gestos; pero el mejor era el de aquellas mañanas en las que tenía alguna pequeña cosa para ir a la máquina de escribir, el sol brillaba en las ventanas, tal vez Berlioz sonaba de fondo. Iba a la cocina a por café y de vuelta al papel, enroscado en el rodillo, encendía uno y sentía su seca ráfaga mezclada con el negro sabor del café. Entonces era mi propia locomotora, dejando tras de mi una estela mientras volvía a trabajar, pequeñas nubes de humo, indicadores de progreso, signos de diligencia y reflexión, la señal que explicaba que el siglo XIX avanzaba. Ese era el mejor cigarrillo, cuando humeaba en el despacho lleno de vaporosa esperanza y permaneciendo quieto, el gran faro de mi cara apuntaba a todas aquellas palabras en lineas paralelas.
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